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E252 La generación agotada: el extraño cansancio de la vida moderna

Updated: Jun 11

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La generación agotada: el extraño cansancio de la vida moderna

 

Has estado varios días sintiéndote un poco más cansada o más cansado de lo normal. No es un cansancio extremo, tampoco es que estés enfermo, pero notas que algo no va bien. Entonces decides cuidarte para recuperarte lo antes posible. Para volver a como estabas antes.


Esa noche te acuestas pronto, te acuestas temprano, para poder dormir un poco más.

Antes, te duchas para relajarte. Dejas el móvil en otra habitación para que no te distraiga. Apagas la luz, cierras los ojos… y duermes. Duermes ocho horas, ocho horas y media o incluso nueve.


Te despiertas, pero el cansancio sigue ahí.


No ha desaparecido.


¿Te ha pasado alguna vez?


A mí, sí. Y a muchísima gente, también. 

Este cansancio aparece sin una razón clara y no desaparece, aunque duermas bien, descanses y hagas “todo correctamente”.


El problema es que no es un cansancio físico. De eso quiero hablar hoy, del cansancio moderno, de por qué tantos tenemos esa sensación de agotamiento y de qué podemos hacer para sentirnos mejor.


Pero antes de continuar, te recuerdo que puedes leer la transcripción gratuita de este episodio, usar la traducción al inglés y las flashcards de vocabulario en la web spanishlanguagecoach.com.


Y por cierto, una parte muy grande de las personas que escuchan este pódcast no siguen o no están suscritas al pódcast. Así que si eres una de ellas me harías un gran favor si puedes clicar el botón de seguir o suscribirse. De esa forma no te perderás ningún episodio y me ayudarás a que otros estudiantes de español como tú me encuentren. ¡Mil gracias!

Mientras escuchas este episodio, quiero proponerte algo. Me gustaría que te hicieras una pregunta: ¿me pasa esto a mí?


No hace falta que respondas ahora. Simplemente escucha, reflexiona, y observa si algo de lo que digo te resulta familiar. Porque es muy probable que sí.


Vamos a empezar por una idea bastante reciente. En España, en los últimos meses, se ha empezado a hablar de un fenómeno con un nombre muy curioso: "el síndrome del tupper".

Quizás conozcas la palabra "tupper". En España la usamos muchísimo. Es ese recipiente de plástico o cristal, normalmente con una tapa, donde guardamos comida. Otra palabra para referirnos a esto es “fiambrera”. 


Mucha gente que trabaja se prepara la comida en casa, la mete en un tupper, y se la lleva a la oficina. Es una manera de ahorrar dinero y de no perder tiempo saliendo a comer fuera. Además, ya sabes que la comida que preparamos en casa suele ser más saludable que la que ofrecen la mayoría de los restaurantes.


Hasta aquí, todo parece positivo.


Pero el tupper se ha convertido en algo más que un simple recipiente. 

Es el símbolo de una forma de vida.

Pero, ¿qué tiene que ver el tupper con el cansancio?

Piensa en esto: hay muchas personas que pasan todo su día fuera de casa, cumpliendo con sus obligaciones y haciendo todo lo que tienen que hacer: se levantan pronto, van a trabajar, comen en 15 minutos casi sin masticar y siguen trabajando. Tras estar todo el día siendo productivos, llegan a casa cansados y solo tienen tiempo de prepararse la cena y el tupper del día siguiente. 


Y al día siguiente, lo mismo.


Y al siguiente, también.


Es una rutina que se repite una y otra vez. Como una rueda de hámster.

Una rueda de hámster es esa rueda en la que corre un animal pequeño sin avanzar realmente a ningún lugar. Hace mucho esfuerzo, pero no sale de ahí.

Y eso es exactamente lo que sienten muchas personas.


No paran, hacen muchas cosas, pero no sienten que avancen y no disfrutan de su tiempo. 

Esta rutina de vida hace que los expertos estén empezando a hablar de algo que llaman “agotamiento crónico”.


Al vivir así no sentimos cansancio puntual un día porque hemos dormido mal o porque hemos tenido más actividad de la normal, sino que este ritmo de vida nos mete en una espiral de cansancio constante, que no se va. 


Además, lo más preocupante es que no es un problema excepcional. Es algo que afecta a muchísima gente, a toda una generación.


Aunque cada caso es individual, quizás tú no llevas tupper al trabajo. Quizás comes en casa, o en un restaurante, o en un comedor de empresa donde sirven comida a los trabajadores. Pero creo que entiendes la sensación de la que estoy hablando.

Por nuestra manera de vivir siempre tenemos que ir con prisa y la verdad es que muchas veces sentimos que no tenemos suficiente tiempo para cumplir con todo, es decir, que “no nos da la vida”.  Decimos que no nos da la vida, o no me da la vida, cuando nos falta tiempo para hacer las cosas y cuando nos sentimos agobiados por todas las tareas pendientes.


Vemos que es una sensación muy muy habitual, pero entonces, la pregunta es inevitable: ¿cómo hemos llegado hasta este punto?


Hay varias razones, y conviene entenderlas.

Una de las principales es que hemos interiorizado, hemos aceptado como verdad, una idea muy exigente: tenemos que llegar a todo.


Y “llegar a todo” significa hacer todo lo que se espera de nosotros. Y se esperan muchas cosas.


Se nos ha educado con la idea de que tenemos que ser buenos en nuestro trabajo, hay que ser productivo, eficiente y responsable.


Al mismo tiempo, tenemos que apartar tiempo para cuidar nuestra salud, eso implica hacer deporte y preparar comida saludable. 


También debemos tener una vida social activa: ver a nuestros amigos, pasar tiempo con nuestra familia y estar disponibles emocionalmente para ellos cuando nos necesiten.

Y no podemos olvidarnos de la cultura: leer libros, ver películas, viajar, aprender cosas nuevas, ir al teatro, a exposiciones…


Y, por si fuera poco, todo esto hay que hacerlo mientras parecemos descansados, felices, tranquilos y, si es posible, atractivos.


Creo que de alguna manera todos nos podemos sentir identificados con la necesidad de hacer todas estas cosas, de llegar a todo. Aunque es verdad que por tu personalidad o manera de vivir, puede que sientas más presión en unos puntos que en otros.

En cualquier caso, si lo piensas con calma, la lista es enorme, inabarcable. Inabarcable significa que no se puede abarcar, que no se puede hacer todo.

La razón es muy sencilla. Estas actividades que hemos mencionado requieren recursos: al menos requieren de nuestra energía y nuestro tiempo. Y esos recursos no son infinitos. No obstante, no cuestionamos esta lista. La aceptamos como si poder con tantas cosas fuera lo normal.


Quiero compartir contigo una cosa que me ocurrió el otro día. Llevaba semanas trabajando mucho, porque he estado muy ocupado últimamente por cosas laborales y por la mudanza al nuevo piso. Por eso, llevaba tiempo sin ver a mis amigos y me apetecía muchísimo quedar con ellos.


Por cierto, estudiante. Un pequeño apunte gramatical.  En español usamos muchísimo el verbo “llevar” para hablar de duración de acciones o situaciones.

Por ejemplo:  Llevo semanas trabajando mucho, llevo meses durmiendo poco, llevo mucho tiempo intentando hacer más ejercicio.

Como ves, esta es la estructura “Llevar + gerundio”. El gerundio es la forma del verbo que termina en -ando o -iendo.


Y hay otra estructura con llevar que tienes que incorporar a tu español si todavía no la empleas:  “llevar sin + infinitivo”. 


Llevo meses sin ver a mis amigos, llevo tres días sin ver a Ana, llevo una semana sin tomar azúcar.


Esta estructura sirve para hablar del tiempo que hace que no ha sucedido una acción.

Bueno, retomo la historia: 


Llevaba mucho tiempo sin ver a mis amigos porque he estado muy ocupado y quería quedar con ellos porque sé que después de una charla me siento mejor, su compañía me refresca, me da energía. El problema es que yo estaba tan cansado que cuando se acercaba la hora de verlos empecé a plantearme no ir, en ese momento, otro amigo escribió para decir que no podía acudir por una reunión de última hora en el trabajo. Yo aproveché para decir que tampoco podía ir. 


Eso me hizo pensar en lo difícil que es poner límites en nuestra lista interminable de obligaciones y el problema es que muchas veces sacrificamos cosas que realmente son necesarias para nuestro bienestar, como ver a nuestros amigos.

Seguimos con otros factores que contribuyen a nuestro agotamiento: la tecnología y la hiperconectividad.


¿Cuántas notificaciones recibimos al día en el móvil?


Decenas, cientos…


El bombardeo es constante: mensajes, correos del trabajo y redes sociales. 

Estas últimas, las redes sociales, nos entretienen, pero a veces tienen su parte negativa. Tú estás en casa, tratando de descansar un rato,  mientras ves una serie en la tele entras en las redes sociales con tu teléfono y ves que los demás están viviendo una vida mucho más interesante que la tuya. Viajan a lugares que tú desearías visitar, van a restaurantes que te gustaría probar. Viven una vida de ensueño haciendo cosas superinteresantes. Y, claro, no puedes evitar compararte. Ver cómo viven otros nos genera una sensación de que no estamos haciendo suficiente y nos provoca el famoso FOMO. Ya sabes, el "Fear of Missing Out", es decir, "miedo a perderse algo".


Entonces, te pones en marcha y decides viajar más, salir más, hacer más planes con tus amigos. No quieres quedarte fuera. Y volvemos a lo mismo: más presión y más cansancio porque todo esto hace que descansemos cada vez menos.

Bueno, y cuando llega la hora de dormir, dejas de hacer scroll y apagas tu móvil. 


Pero, ¿y tu cerebro?


Tu cerebro no tiene botón de apagar y no consigues desconectar del todo. 

Te acuerdas de algo que tienes que hacer mañana o, peor aún, de algo que has dejado por hacer. Hay un murmullo constante en tu cabeza y el cerebro, que necesita silencio para descansar, sigue funcionando. Continúa en alerta cuando no debería. Aunque hemos evolucionado, nuestro cuerpo no diferencia entre la alerta de un peligro real y ese ruido constante de la vida moderna que nos sobresalta. Y eso, a la larga, agota muchísimo.

No es un cansancio físico, es un cansancio mental. Pero el cansancio mental, además de ser más difícil de detectar, puede ser incluso más agotador.


Otra razón importante que nos hace sentir este cansancio estructural es la cultura de la productividad y cómo entendemos el éxito.


Antes, llegaban las 5, las 6 o la hora de salir de trabajar por la tarde, te ibas a tu casa y no te acordabas del trabajo hasta que volvías al día siguiente.


Vamos a ser sinceros, ahora eso es impensable. Vivimos en una sociedad donde se valora mucho hacer cosas, producir y aprovechar el tiempo. Siempre hay algo más que puedes hacer. Desde casa consultas el email del trabajo, los mensajes de los clientes, haces ese curso de formación que no tienes tiempo de hacer desde la oficina…


¿Por qué? 

Porque durante muchas décadas, sobre todo a partir de los años ochenta, nos enseñaron que ser feliz era ser productivo. La realización personal estaba íntimamente relacionada con el éxito laboral. Si nos esforzábamos lo suficiente, llegaríamos lejos. A esto se le llama "meritocracia". Es la idea de que el mérito, el esfuerzo, te lleva al éxito.

Además, en la práctica aunque trabajamos y producimos más, el éxito muchas veces, no llega o no llega en la forma que lo esperábamos.


Aquí quiero mencionar algo. Este agotamiento, en la sociedad actual, es común a todos, pero hay que reconocer que en las familias tradicionales la carga que llevaban las mujeres ha pesado más.


Cuando, hace ya bastantes décadas, las mujeres empezaron a salir a trabajar fuera de casa, se esperaba que cumplieran también con la mayor parte de las tareas domésticas. Es decir, que ellas salían 8 o 9 horas de casa para trabajar y aportar dinero, pero se esperaba que siguieran llevando el peso del hogar: limpiaban, hacían la comida, organizaban los cumpleaños…


Es verdad que ahora hay una mayor conciencia sobre este asunto, pero en algunos casos su carga mental sigue pesando más.


Y, ¿qué es la carga mental? 


Es estar pendiente de todo: saber qué falta en la nevera, acordarse de las citas médicas, organizar la logística del fin de semana, presentar el informe a tiempo…

Todas esas gestiones consumen mucha energía mental. 

Y ahora volvemos a la pregunta del principio, ¿te pasa alguna de las cosas que hemos mencionado?


Es muy posible. 


Ya entendemos que nuestro cansancio está muy ligado a la forma de vivir moderna, así que llega el momento de pensar en soluciones.


Echarnos una siesta, irnos de fin de semana o dormir más solo son parches, soluciones rápidas pero no muy efectivas, para este tipo de cansancio moderno. Y aunque no hay una solución mágica, sí que hay algunas ideas que merece la pena conocer y, sobre todo, poner en práctica.


La primera es estar presente. Céntrate en lo que haces. Cuando cocines, cocina. Cuando comas, come. Cuando andes, anda. Cuando estés con tus hijos, con tus padres, con quién sea, deja a un lado el móvil. 


Esto, que parece tan simple, pero cuando lo hagas, le darás al cerebro lo que necesita: estar en una sola cosa. Disminuir la carga mental.

La segunda idea es la del microdescanso. No siempre podemos parar dos horas o hacer un retiro de yoga de un fin de semana, pero sí que podemos parar cinco minutos de vez en cuando.


En mi caso, mientras trabajo, cuando ya noto que mi cerebro está cansado, hago una pequeña pausa: me levanto para estirar las piernas, me preparo un café o un té, miro por la ventana unos minutos y cuando vuelvo a sentarme para seguir trabajando mi cerebro está más fresco. Estos pequeños gestos, repetidos cada día, nos ayudan.


La tercera idea, y probablemente la más difícil, es aprender a decir que no. Cuando decimos que no, estamos renunciando a algo, es decir, admitimos que no llegamos a todo. Se nos ha enseñado que renunciar a algo es fracasar y cambiar esto implica un cambio profundo de mentalidad, pero merece la pena. En el fondo, aceptarlo es un acto de cuidado hacia uno mismo.


Hay una cuarta idea que tiene que ver con bajar las expectativas y encontrar placer en lo pequeño. Quizás no puedes ir al gimnasio todos los días, pero sí puedes volver del trabajo andando. En lugar de hacer todo perfecto, la idea es ir mejorando, trabajar por conseguir nuestras metas, pero de una manera sostenible.


Hay una quinta idea muy potente: la forma en la que hablamos. Hay un concepto que se llama "queja pasiva". La queja pasiva es esa costumbre de quejarse todo el rato, pero sin hacer nada para cambiarlo. Te quejas del tráfico, pero no sales de casa 10 minutos antes para evitarlo. Te quejas del jefe, pero ahí sigues. 


Ojo, que esto no quiere decir que no podamos quejarnos nunca. La queja, a veces, es necesaria. Sirve para reconocer que algo no va bien y para empezar a cambiarlo. El problema es la queja pasiva, el único lugar al que nos lleva es a la negatividad y al pesimismo.


De hecho, los expertos dicen que el optimismo se puede entrenar y ahí es donde queremos llegar nosotros.


Y la última, que tiene que ver con el lujo. ¿Sabes cuál es el verdadero lujo en 2026? Es el tiempo. El tiempo es el único bien que no se puede recuperar cuando pasa. Y, cada vez, somos más conscientes de esto.


Por eso, descansar nos ayuda a disfrutar más del tiempo y de las experiencias. Lo que vivimos cuando estamos agotados, no lo disfrutamos. Así que descansar es uno de los regalos más valiosos que podemos hacernos a nosotros mismos.


Creo que es muy importante analizar si todo lo que hacemos es realmente necesario y si todas esas expectativas tienen sentido para nosotros. Una vez que ya tenemos esto claro, es más fácil priorizar lo importante de verdad y soltar lo que sea innecesario.

Hoy quiero preguntarte algo y me gustaría que te tomaras un momento, después de este episodio, para pensarlo con calma.


¿Cuándo fue la última vez que disfrutaste de una hora entera para ti para descansar, relajarte y disfrutar de verdad, sin obligaciones? 


Si no te acuerdas y estás cansado, quizás ahí tengas la primera pista, la primera indicación, de por qué.


Recuerda que es posible cambiarlo poco a poco y que muchas personas nos sentimos igual.

¡Y ha hemos acabado, estudiante!


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Gracias por estar ahí. ¡Te espero en el próximo episodio!


Un abrazo grande.



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