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E257 ¿Era aprender un idioma más fácil antes?

Updated: 2 days ago

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E257 ¿Era aprender un idioma más fácil antes?


Hoy tienes acceso a más recursos para aprender español que cualquier estudiante en toda la historia de la humanidad. Podcasts, aplicaciones, vídeos, cursos online, inteligencia artificial. Casi todo gratis o muy barato y todo dentro de tu teléfono. Y sin embargo, es posible que estés avanzando más despacio que una persona que estudiaba español hace 30 años con un libro y un casete. Sí, un casete.

 

Esa cinta de plástico que usábamos antes para escuchar música. Y esta clarificación la hago para gente de menos de 30 años, ¿vale? Bueno, suena contradictorio, ¿verdad? Pues de esa contradicción vamos a hablar hoy. Hola, estudiante, te doy la bienvenida A un nuevo episodio de Intermediate Spanish Podcast de Spanish Language Coach.

 

Como siempre, soy César, profe de español, y hoy quiero hacerte una pregunta que me ronda la cabeza desde hace tiempo. Rondar la cabeza significa que una idea vuelve una y otra vez a tu mente, que no puedes dejar de pensar en ella. La pregunta es: ¿Era antes, hace 20-30 años, más fácil aprender un idioma? Te cuento por qué me interesa este tema. Como sabes, yo también soy estudiante de idiomas.

 

Llevo tiempo aprendiendo francés y últimamente he notado algo un poco incómodo. Tengo más recursos que nunca y al mismo tiempo siento que avanzo menos que nunca. Tengo aplicaciones, podcasts, canales de YouTube y una estantería llena de libros de francés. Y muchas veces, en lugar de estudiar francés, lo que hago es buscar nuevas formas de estudiar francés, que no es lo mismo. Es más, es casi lo contrario.

 

Y claro, cuando me di cuenta de esto, pensé: en mi propia historia con el inglés, porque yo aprendí inglés en una época muy diferente, con muchos menos recursos. Y no sé si era mejor o peor, pero desde luego era otra cosa. Así que hoy vamos a comparar esos dos mundos: el mundo de la escasez, cuando había muy poco, y el mundo de la abundancia en el que vivimos ahora. Y antes de entrar en el tema, te recuerdo que este episodio tiene recursos gratuitos en la web spanishlanguagecoach.com. La transcripción completa en español, traducción al inglés, un ejercicio de comprensión y tarjetas de vocabulario.

 

Y una cosa más, las inscripciones a mis cursos online están abiertas ahora mismo y hasta el domingo 26 de julio. Una vez te inscribes, tienes acceso Para Siempre. Y tienes toda la información en la web si quieres saber más y mejorar tu español conmigo en los próximos meses. Y por cierto, el podcast se va de vacaciones como cada verano, pero en unas semanas estaré de vuelta, por supuesto. Y ahora sí, vamos al tema de hoy.

 

 

Empecemos viajando un poco en el tiempo. Piensa en cómo se aprendía un idioma hace 30 o 40 años. En la España de mi infancia, si querías aprender inglés, tenías básicamente 3 opciones: un libro de texto, una academia de inglés de tu barrio o, si tenías suerte, un profesor particular. Punto. No había YouTube, no había podcast, no había aplicaciones.

 

Y escuchar a una persona nativa hablando inglés en directo, presencialmente, era casi imposible si no viajabas. Y viajar era caro, mucho más caro que ahora. En mi colegio el inglés era una asignatura obligatoria más, como las matemáticas o la historia. Y yo hacía pues exactamente lo que se esperaba de mí. Aprender lo que me decían que aprendiera.

 

 

Un libro de teoría, otro de actividades y poco más. Lo más emocionante que podía pasar en clase de inglés era que el profesor trajera una canción para cantarla todos juntos. Eso para nosotros era una fiesta. Y años después, cuando ya quería aprender inglés de verdad, en la época de la universidad, me apunté a la Escuela Oficial de Idiomas de Valencia y el sistema era básicamente el mismo. Un libro de teoría, otro de práctica, aunque con bastante más énfasis en la expresión oral.

 

 

La diferencia es que entonces ya aprendía también por mi cuenta, sobre todo viendo series en inglés con subtítulos en español, que era pues lo más moderno que se podía hacer en aquella época. La gente hacía cosas que hoy nos parecen de otro planeta. Había personas que se escribían cartas con estudiantes de otros países para practicar, los famosos pen friends o amigos por correspondencia. Enviabas una carta y la respuesta llegaba 3 semanas después. Otras personas escuchaban la radio intentando captar emisoras extranjeras.

 

Y quien podía pagarlo, pues compraba esos cursos por fascículos que se vendían en los quioscos. Cada semana comprabas una entrega nueva con su casete incluido. Y las coleccionabas durante meses. Pero era lento, era caro y era limitado.

 

Pero fíjate en un detalle: toda esa gente sabía exactamente qué tenía que hacer cada semana. La siguiente carta, el siguiente fascículo, la siguiente clase. El camino estaba clarísimo. Visto así, la respuesta a la pregunta del episodio parece obvia. No, antes no era más fácil.

 

Era más difícil en casi todo. El acceso a material auténtico era mínimo. Practicar la comprensión auditiva era complicadísimo. Los diccionarios eran de papel y buscar una palabra te llevaba un minuto entero. Si comparamos los recursos de antes con los de ahora, no hay color.

 

 

"No hay color" es una expresión que usamos para decir que la diferencia es tan grande que no se puede ni comparar. Pero espera, porque la cosa no es tan simple. Cuando me fui a Londres hace ya bastantes años, mi inglés era decente. Me podía defender. Pero allí me di cuenta muy pronto de una cosa: simplemente hablar defendiéndome no era suficiente.

 

Podía pasarme el día entero comunicándome en inglés en la uni y seguir cometiendo los mismos errores una y otra vez. Necesitaba algo más. Primero darme cuenta de mis errores y después buscarles una solución. Y con el vocabulario me pasaba lo mismo. Escuchaba palabras nuevas todo el día, pero escucharlas no era suficiente para recordarlas.

 

Así que monté un sistema bastante casero, bastante de andar por casa. Esto quiere decir rudimentario, poco sofisticado. Cuando aprendía una palabra o una expresión que sabía que era importante, la apuntaba en un papel y creaba una flashcard física. Una tarjeta con la palabra por un lado y el significado con un ejemplo por el otro. Solo 2 o 3 al día, no más.

 

La metía en una caja que tenía en mi habitación y casi cada día revisaba las tarjetas de esa caja para que el vocabulario se me quedara en la memoria. Y eso era todo. Una caja, papeles y unos minutos al día. Sin algoritmo, sin aplicación, sin estadísticas de progreso. Y funcionó.

 

No porque fuera el mejor sistema del mundo, que seguro que no lo era, sino porque lo usaba casi todos los días. Una herramienta rudimentaria usada con constancia le gana siempre a una herramienta perfecta que abandonas a las 2 semanas. Y ahora comparemos eso con mi situación actual con el francés. Te voy a confesar algo un poco vergonzoso. Mi debilidad con el francés son los libros.

 

Tengo un montón. De gramática, de vocabulario, de comprensión. Cada vez que descubría uno nuevo sentía una pequeña emoción, como si ese libro fuera a resolver todos mis problemas con el francés. ¿Y sabes qué porcentaje de esos libros he completado? Pues más o menos un 20%.

 

Empezaba uno con muchísima ilusión, lo dejaba a las pocas semanas y compraba otro. Y algunos llevan tanto tiempo esperando su turno en la estantería que ya son de un nivel inferior al que tengo ahora. Han caducado sin abrirse, como un yogur que caduca en el frigorífico. Y que quede claro, no digo que los libros sean malos. De hecho, creo que tener un buen libro de idiomas es fundamental y ayuda a estar alejado de las pantallas un rato.

 

 

Pero es verdad que Con el tiempo he descubierto que a mí me funciona mejor el contenido multimedia con audio y vídeo. Pero fíjate qué interesante. Saber esto tampoco me impedía seguir comprando libros. ¿Te suena esta situación? Esto no me pasa solo a mí y no pasa solo con los idiomas.

 

 

Es un fenómeno psicológico bastante bien estudiado. El psicólogo estadounidense Barry Schwartz Perdón porque no sé cómo pronunciarlo. Escribió hace años un libro muy famoso titulado La paradoja de la elección, en inglés The Paradox of Choice. Su idea central es que pensamos que tener más opciones nos hace más libres y más felices, pero a partir de cierto punto ocurre exactamente lo contrario. Demasiadas opciones nos paralizan, nos generan ansiedad y nos dejan menos satisfechos con la opción que finalmente elegimos.

 

Porque siempre queda la duda: ¿y si había algo mejor? Y hay un experimento clásico que ilustra esto de forma brillante. Lo hicieron las investigadoras Sheena Iyengar y Mark Lepper en el año 2000 en un supermercado de California. Pusieron en una mesa para probar mermeladas. Unos días la mesa tenía 24 tipos de mermelada diferentes, de fresa, de naranja, de pera.

 

Otros días solo 6. ¿Y qué pasó? Pues que la mesa con 24 mermeladas atraía a más gente, claro, porque Era más espectacular. Pero atención al dato: de las personas que se acercaron a la mesa grande, solo un 3% compró mermelada. De las que se acercaron a la mesa pequeña, con solo 6 opciones, compró un 30%.

 

 

10 veces más. Más opciones, más parálisis. Schwartz explica además que hay 2 tipos de personas cuando tomamos decisiones. Y a ver en qué grupo te identificas tú. Están las personas maximizadoras, que necesitan encontrar la mejor opción posible y no descansan hasta comparar absolutamente todo.

 

 

Y están las personas satisfechas, que buscan una opción suficientemente buena y cuando la encuentran dejan de buscar. Lo interesante es que, según sus investigaciones, las personas maximizadoras suelen tomar decisiones objetivamente un poco mejores, pero son mucho menos felices con ellas. Viven con la duda permanente de si había algo mejor. Y las personas satisfechas eligen antes, actúan antes y disfrutan más de lo elegido. Y en el aprendizaje de idiomas te te lo digo por experiencia, ser maximizador es una trampa mortal.

 

Puedes pasarte meses buscando el método perfecto sin estudiar ni una hora.

 

Y ahora piensa en tu aprendizaje de español como si fuera esa mesa de mermeladas. ¿Cuántos botes de mermelada tienes delante? ¿24? ¿200? Porque eso es Internet.

 

Para cualquier cosa que queramos aprender. Una mesa infinita de mermeladas. Y ahí estamos muchos probando un poco de cada una sin decidirnos nunca por ninguna. Y en el mundo de las personas emprendedoras, es decir, las personas que crean sus propios negocios, este fenómeno tiene un nombre muy gráfico: el síndrome del objeto brillante. En inglés, Shiny Object Syndrome.

 

Funciona así: estás trabajando en tu proyecto y de repente aparece algo nuevo y brillante, una herramienta nueva, una estrategia nueva, una red social nueva, y abandonas lo que estabas haciendo para perseguir ese objeto brillante hasta que aparece el siguiente y el siguiente. Al final has empezado 20 cosas y no has terminado ninguna. Ninguna. ¿Te suena? Bueno, mi estantería de libros de francés es exactamente eso, un pequeño museo de objetos brillantes.

 

Yo esto lo conozco también por mi trabajo, ¿no? Porque cuando tienes tu propio proyecto como Spanish Language Coach, la tentación es constante. Cada semana alguien te dice que tienes que estar en tal red social, que tienes que usar tal herramienta para editar los vídeos, etcétera. Y con el tiempo he aprendido que las etapas en las que mi proyecto ha crecido de verdad no son las etapas en las que probaba muchas cosas. Son las etapas en las que hacía pocas cosas, siempre las mismas, con constancia.

 

Pico y pala, como decimos en España. Trabajo humilde y repetido, día tras día, sin nada espectacular. El pico y la pala son dos herramientas con las que haces un agujero en la tierra. Por cierto, el pico ayuda a romper la tierra y la pala la recoge. Por eso lo usamos con trabajos que requieren hacer algo repetidamente, con constancia.

 

 

Y esa estrategia de pico y pala funciona también para los idiomas. El estudiante de hace 30 años no tenía mejores recursos que tú. Tenía recursos claramente peores, pero tenía una cosa que tú y yo hemos perdido: la ausencia de alternativas. Su libro de texto no competía con nada. Su clase semanal en la academia no competía con nada.

 

 

Y esa falta de competencia protegía algo valiosísimo: su atención. Y ya hablamos de esto en el episodio anterior, por cierto. Así que mi respuesta a la pregunta del episodio es esta: no, antes no era más fácil aprender un idioma. Era más difícil en casi todos los sentidos. Pero era más fácil hacer una cosa concreta: comprometerse con un camino y no salirse de él.

 

Lo que ha cambiado no es la dificultad del idioma. El español tiene el mismo subjuntivo que hace 30 años. Ni más ni menos. Lo que ha cambiado es la dificultad de mantener la atención en una sola cosa. Lo que ha cambiado es nuestro compromiso también.

 

 

Y hay algo más, algo un poco incómodo de decir, pero que creo que es importante: tu atención hoy vale dinero. Las aplicaciones, las redes sociales, las plataformas de vídeo, Todas están diseñadas por equipos de ingenieros cuyo trabajo es que pases más tiempo dentro. No es una teoría de la conspiración, es simplemente su modelo de negocio. El estudiante de 1990 no tenía a miles de personas inteligentísimas trabajando para distraerlo. Tú sí.

 

Y eso hace que tu situación no sea más fácil, aunque tus recursos sean infinitamente mejores. Entonces, ¿qué hacemos? Porque la solución no puede ser volver al casete, ¿no? Obviamente. La abundancia de recursos es una buena noticia.

 

No quiero ser un nostálgico que dice que cualquier tiempo pasado fue mejor. La solución, creo yo, tiene dos partes. La primera: entender que tu problema no es de información, sino que es de estructura. No necesitas más recursos, probablemente necesitas menos. Lo que necesitas es una estructura, un camino con un orden claro donde alguien o algo haya decidido por ti cuál es el siguiente paso.

 

Eso puede ser un buen libro que sigues de principio a fin, Puede ser una clase semanal con un profesor o una profesora, puede ser un curso online. El formato importa menos de lo que pensamos. Lo importante es que sea una cosa y que esa cosa tenga un principio, un orden y una dirección. La segunda parte es cambiar la pregunta que te haces cuando eliges un recurso. La pregunta no es: ¿Es este el mejor recurso que existe?

 

Esa pregunta no tiene respuesta y te puede tener buscando durante años. La pregunta correcta es: ¿Voy a usar este recurso cada semana durante los próximos meses? Porque un recurso mediocre que usas todos los días es infinitamente mejor que un recurso perfecto que abandonas en 2 semanas. La mejor mermelada es la que te comes cada mañana con tus tostadas, no la que ves en el supermercado. Y añado una tercera cosa que para mí es la más importante: dale un plazo, un tiempo a tu decisión.

 

 

Cuando elijas tu estructura, comprométete con ella durante un tiempo concreto. Por ejemplo, un mes. Sin cuestionarla. ¿Y por qué un mes? Porque el progreso en un idioma es lento e invisible en el día a día.

 

Es como el crecimiento de una planta. Si la miras cada mañana, no ves nada y puedes llegar a la conclusión equivocada de que no está creciendo. El problema es que cuando no vemos progreso, nuestra mente no piensa: "Esto necesita tiempo". No, piensa: este método no funciona, necesito otro. Y ahí empieza otra vez el ciclo: recurso nuevo, entusiasmo inicial, primeras semanas sin resultados visibles, abandono, recurso nuevo.

 

 

Cada vez que reinicias el ciclo vuelves a la casilla de salida, al principio. Entonces, al menos un mes con el mismo camino te te dan algo que ningún recurso puede darte: la oportunidad de ver resultados reales. Te voy a contar algo relacionado con mi proyecto. Vivo en España y la ley me obliga a ofrecer 14 días para que una persona que se haya inscrito a uno de mis cursos pueda pedir una devolución, un refund. Sin embargo, yo prefiero ofrecer 30 días, un mes.

 

 

Porque sé que entonces el estudiante va a poder saber de verdad si mi recurso es el que necesita. Y bueno, luego, una vez elegida tu estructura, libro, clases, curso, lo que sea, viene la parte más difícil: ignorar el resto. Cuando aparezca el siguiente objeto brillante, y va a aparecer, te lo garantizo, ¿no? Porque aparece cada semana. Tu trabajo es reconocerlo, mirarlo y decirle: "Qué bonito eres, pero yo ya tengo un camino".

 

 

Esto no significa que no puedas complementar tu estructura con contenido que disfrutes, como un podcast o una serie. Significa que ese contenido complementa tu camino, no lo sustituye. Cada 15 días. Y para que veas que no te hablo desde la teoría, te cuento cómo estoy aplicando todo esto con mi francés. Si miro hacia atrás, las cosas que de verdad me han hecho avanzar han sido siempre las que tenían estructura.

 

 

Los podcasts de Hugo, Inner French, y de Elisa, French Mornings with Elisa, dos profes de francés que recomiendo muchísimo, los cursos de inmersión que hice en Francia en 2023 y en 2025, y los cursos online de Hugo y Elisa. Todas esas cosas tenían algo en común. Sabía cómo empezar y sabía cómo acabar. No me preguntaba cada día qué tocaba hacer. El camino ya estaba decidido y mi único trabajo era caminarlo.

 

Y este verano a Oliver y a mí nos habría encantado volver a Francia para hacer otro curso de inmersión, pero entre la casa, la reforma, los muebles, pues nos hemos quedado sin presupuesto, sin dinero para viajes. Así que toca apretarse el cinturón. Apretarse el cinturón significa reducir los gastos. Gastar menos durante una temporada. Así que este verano voy a hacer mi propia inmersión lingüística casera con 3 elementos y solo 3: el curso de nivel intermedio avanzado de Hugo, el curso de pronunciación de Elisa y completar uno, solo uno, de mis libros, el de comprensión auditiva de francés.

 

El resto de la estantería puede esperar y ya te contaré cómo va. Y te dejo con una última reflexión, estudiante. Muchas veces pensamos que aprender un idioma en esta época es una cuestión de acceso. Quién tiene los mejores materiales, las mejores herramientas, la última tecnología. Pero el acceso ya no diferencia a nadie porque Todo el mundo lo tiene.

 

Hoy, la diferencia entre las personas que avanzan y las que se quedan atascadas casi nunca está en los recursos, está en la capacidad de elegir un camino y quedarse en él el tiempo suficiente para que funcione. Hace 30 años, esa capacidad te la ofrecía el mundo porque no había alternativas. Hoy la tienes que construir tú. Esa es la verdadera habilidad de aprender idiomas hoy en día. No encontrar más, sino buscar menos.

 

¿Y tú? ¿Te identificas con esto? Me encantaría saber si eres una persona que estudió idiomas hace años, cómo se compara al hacerlo ahora. Y puedes dejarme un comentario en tu plataforma de podcast, Y así de paso practicas tu expresión escrita en español. Y si este podcast es parte de tu camino, de tu estructura, me haría mucha ilusión que lo valoraras o lo recomendaras en tu plataforma favorita.

 

Eso ayuda muchísimo a que más estudiantes lo encuentren. Nos escuchamos en unas semanas. Si estás en verano en tu país, disfruta de tu verano, estudiante. Un abrazo muy, muy grande.

 

 

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