E254 ¿Qué hacen las parejas que funcionan?
- César

- Jun 24
- 11 min read
Updated: Jun 25
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Flashcards de vocabulario: ¿Qué hacen las parejas que funcionan?
¿Qué hacen las parejas que funcionan?
Cuando eliges una novela, una serie, una película o cuando visitas un museo, hay un tema común en muchas de esas obras: el amor. El amor es un sentimiento que nos acompaña a lo largo de la vida de diversas formas y no siempre es fácil de gestionar. Especialmente, el amor romántico. La ilusión del comienzo es muy especial, pero hay muchos desafíos. Algunas parejas sobreviven a una crisis enorme, pero otras se rompen por un mensaje de WhatsApp, por unos platos sucios o por una frase dicha en mal momento. Hay relaciones que parecen perfectas desde fuera y terminan de repente. Y hay otras que parecen más normales, menos cinematográficas, pero duran muchos años. En este episodio vamos a ver por qué unas parejas funcionan y otras no. Y vamos a responder a la pregunta: ¿qué hacen las parejas que funcionan? Quédate, pero antes te recuerdo que puedes leer la transcripción gratuita en español, acceder a la traducción al inglés, hacer el ejercicio de comprensión y usar las flashcards de vocabulario en la web spanishlanguagecoach.com. Estos recursos te van a ayudar a consolidar el vocabulario nuevo y a entender mejor las ideas más abstractas. Por cierto, si estás viendo el vídeo y te preguntas dónde estoy: estamos en Roma. Hemos venido a un evento de profesores digitales y me he traído los micros para grabar el episodio y quizás un vlog para Youtube. ¡Ya veremos…! Bien, muchas veces, cuando pensamos en el amor, no podemos evitar idealizarlo. El amor idealizado es ese amor de las princesas Disney y de las comedias románticas de Hollywood: un amor ideal, perfecto, que supera todos los desafíos y que siempre termina bien. Pero el amor en la vida real no siempre se parece a ese amor. Cuando compartimos la vida con nuestra pareja, tenemos que afrontar años de rutina, malos días en el trabajo, tensiones con los niños o discusiones sobre a quién le toca hoy fregar los platos. No obstante, hay personas que deciden seguir adelante juntas una y otra vez, pese a enfrentarse a problemas más o menos serios. Si lo piensas, el amor se parece mucho a aprender un idioma. Las dos cosas empiezan con una emoción enorme, pasan por una fase difícil en la que mucha gente abandona, pero tanto el aprendizaje de un idioma como el amor, cuando funcionan bien, se convierten en algo que dura toda la vida si lo cuidamos bien. Vamos a verlo paso a paso. Al principio, todo es emoción. Cuando empezamos a estudiar una lengua nueva, nos fascinan los sonidos, las palabras raras y la idea de poder comunicarnos con gente nueva que habla esa lengua. Aprendemos rápido porque le ponemos muchas ganas y no nos importa el esfuerzo porque lo hacemos con amor. Pasa exactamente lo mismo cuando conocemos a alguien que nos gusta. Hay una especie de subidón que no siempre es racional; más bien, no lo es nunca. Vamos a imaginar a dos protagonistas. Puedes ponerles los nombres que quieras: Marta y Diego, Diego y Juan o Marta y Sonia. En cualquier caso, es una pareja inventada que vamos a usar de ejemplo durante el episodio para entender distintas fases del enamoramiento. Esta pareja se conoció en una boda, hablaron durante horas y, durante las primeras semanas, no podían dejar de pensar el uno en el otro. Se mensajeaban constantemente, se llamaban… Y todo de la otra persona les parecía superinteresante: sus gustos musicales rarísimos, su carrera profesional, su espíritu viajero… Esta fascinación inicial por el otro tiene una explicación. Vamos a ver lo que dice al respecto la antropóloga Helen Fisher, que ha dedicado buena parte de su carrera a estudiar qué pasa exactamente en nuestro cerebro durante esos primeros meses de relación. Según sus investigaciones, hay tres sistemas distintos que se activan, y no siempre al mismo tiempo. El primero es el deseo. El deseo es lo más primitivo, básico y está relacionado con las hormonas sexuales. El segundo es el enamoramiento propiamente dicho. Cuando estamos enamorados se dispara la dopamina, igual que cuando ganamos un juego, recibimos una buena noticia o comemos nuestro plato favorito. El tercer sistema que se activa es el apego. El apego está relacionado con la oxitocina y la vasopresina, que aparecen ya cuando llevamos más tiempo compartiendo la vida con alguien. Ahora ya conocemos qué elementos participan en el amor. Lo interesante es que estos tres sistemas no siempre van sincronizados. Por eso, a veces, deseamos a una persona, pero no nos imaginamos construyendo una vida con ella a largo plazo. Otras veces nos sentimos profundamente unidos a alguien, pero nos falta esa chispa inicial tan intensa; lo vemos más como un amigo. La verdad es que el cerebro, en temas de amor, es bastante más complicado que un simple flechazo. Por cierto, flechazo viene de flecha y el sufijo -azo. Este -azo suele indicar un golpe o impacto: puñetazo, un golpe con el puño; portazo, un golpe con una puerta… La flecha es un proyectil que disparamos con un arco. En este caso, el proyectil lo lanza Cupido, un dios romano que se representa como un niño o un joven que parece un angelito y que dispara flechas que hacen que nos enamoremos. Cuando nos enamoramos muy rápidamente, decimos que hemos tenido un flechazo. Fisher, la antropóloga de la que estamos hablando, también ha observado que las personas tendemos a sentirnos atraídas por tipos de personalidad muy distintos al nuestro, casi como si buscáramos de manera inconsciente algo que nos complemente. Y aquí me gustaría detenerme un momento, porque creo que conocernos bien, y conocer a la persona que tenemos al lado, puede evitar muchísimos malentendidos. Imagina cuatro personalidades distintas: Primero, te voy a poner el ejemplo de una persona aventurera. Siempre necesita vivir experiencias nuevas para sentirse viva. Se aburre muchísimo con la rutina y siempre, siempre está proponiendo planes nuevos. Ahora piensa en una persona constructora, que necesita estabilidad, no tolera lo imprevisible porque se agota cuando no tiene el control y valora la lealtad por encima de todo. Hay personas muy analíticas, que toman decisiones con la cabeza fría y que siempre necesitan entender el porqué de las cosas antes de actuar. Y, por último, piensa en una persona empática, que decide sobre todo con la intuición, ya que percibe el estado de ánimo del otro y necesita sentirse profundamente conectada para confiar. A ver, todos tenemos distintos rasgos de personalidad. Podemos ser muy aventureros, pero también empáticos. O empáticos y analíticos, pero un estilo de personalidad nos domina más que los demás. Ahora piensa en tu propia pareja, o en una relación cercana que conozcas bien. Es muy probable que una persona aventurera esté con alguien más constructor, y que la persona analítica esté con alguien más empático. Nos atraen, muchas veces, las piezas que nos faltan porque puede ser muy enriquecedor para nosotros tener una relación cercana con alguien tan diferente. Aunque hay matices, puede aparecer un problema cuando dos personas con estilos muy distintos no ceden, y cada una interpreta a la otra desde su propio idioma emocional. La persona aventurera puede pensar que su pareja constructora es aburrida, cuando en realidad le está ofreciendo seguridad. La persona analítica puede pensar que su pareja empática es exagerada, cuando en realidad está viendo venir algo que va a ocurrir. Ahora bien, volvamos a la metáfora del idioma. Cualquiera que haya estudiado español sabe que la fase de la luna de miel con un idioma no dura para siempre. Llega un momento en el que llegan desafíos, como los verbos irregulares o el subjuntivo, y ¿qué ocurre con la motivación inicial? Pues que pierde fuerza. Y es exactamente en ese punto donde la mayoría de la gente abandona un idioma para siempre. Con las relaciones pasa algo muy parecido. Volvamos a Marta y Diego, o Diego y Juan, o Marta y Ana. Después de un año de relación, ya las cosas no son tan emocionantes. Diego deja sus calcetines por el salón y Marta tarda una eternidad en contestar un mensaje cuando está enfadada, en lugar de decir directamente lo que le molesta. La química inicial, tarde o temprano, se calma en todas las parejas. Y ahí nos preguntamos: ¿qué hace que una pareja decida seguir adelante, mientras otra se rinde en ese mismo punto? Para responder esta pregunta nos va a ayudar el psicólogo John Gottman, que lleva décadas estudiando parejas en su laboratorio de la Universidad de Washington. Él observa a través de cámaras cómo se comunican durante conversaciones cotidianas y discusiones. Uno de sus descubrimientos más conocidos rompe una idea muy extendida: no son las parejas que discuten menos las que duran más tiempo juntas. En la convivencia va a haber fricciones y las discusiones, al fin y al cabo, son inevitables. El asunto clave es reparar el daño después de una discusión. Gottman ha podido predecir, con un nivel de precisión sorprendente, qué parejas se van a separar simplemente observando cómo se hablan durante un desacuerdo. El tema no es tan importante; da igual si es una cuestión económica, el reparto de las tareas domésticas o la familia. Lo que realmente es relevante es el tono, el respeto mutuo y la capacidad de pedir disculpas para volver a conectar después. ¿Cuáles son las actitudes que predicen una ruptura según Gottman? La crítica constante al carácter del otro, en lugar de a una conducta concreta, o el silencio total como castigo. Por otra parte, también podemos hablar de algunas actitudes que predicen todo lo contrario, una relación duradera: pequeños gestos de reconciliación, una broma para romper la tensión o una mano que acaricia al otro en mitad de una discusión. Son pequeñas muestras de afecto que evitan que la discusión se convierta en algo serio. Es como cuando cometemos un error gramatical hablando español delante de alguien. Lo que de verdad importa no es el error en sí, sino cómo reaccionamos después. Si nos reímos, corregimos y seguimos hablando, aprendemos y mejoramos. Si nos bloqueamos por vergüenza y dejamos de practicar, nos quedamos estancados para siempre en el mismo nivel. Las parejas funcionan de manera muy parecida: los errores son inevitables, pero la reparación es opcional. En una pareja, la reparación es pedir disculpas y seguir intentando que funcione. Entonces, ¿qué necesita una relación para sobrevivir más allá de la primera fase llena de fascinación? Yo lo resumiría en tres ingredientes, y los voy a explicar con calma porque creo que son útiles más allá del amor de pareja. También sirven para relaciones de amistad, familiares e incluso para la relación que tienes con el español si eres un estudiante de nivel intermedio. El primer ingrediente es la práctica constante. Ningún idioma se aprende estudiando intensamente un mes y luego abandonando seis meses. El progreso depende de la repetición, de estar en contacto con el idioma a diario, aunque sea con sesiones cortas de quince minutos. En el amor pasa exactamente lo mismo. La conexión emocional no se mantiene con grandes gestos esporádicos, un viaje espectacular o un regalo carísimo una vez al año. Se mantiene con pequeñas dosis diarias: una pregunta sincera sobre cómo le ha ido el día a la otra persona y la escucha atenta de la respuesta, o una conversación sin el móvil de por medio. La intimidad, igual que el vocabulario, se construye día a día, con constancia. ¿Cómo podemos poner esto en práctica? Ya sabemos que estamos muy ocupados y que, en algunas ocasiones, es difícil incluso conciliar los horarios, pero un pequeño gesto, como tomar un café juntos cada mañana, diez minutos, o al llegar a casa, puede ayudar a sentir que estamos más conectados con nuestra pareja. Eso sí, trátalo como un momento especial, como una cita, sin hablar de logística o de quién hace la compra esta semana. No es un gesto espectacular de comedia romántica, pero la constancia casi siempre vence a la intensidad puntual. Como en los idiomas. El segundo ingrediente es la tolerancia a la incomodidad. Aprender un idioma significa, de manera inevitable, sentirse torpe en algún momento. Los estudiantes que progresan no son los que evitan esa sensación incómoda de torpeza, sino los que la toleran y son capaces de verla como una parte del proceso y no como un fracaso personal. En una relación estable hay muchos momentos en los que nos vamos a sentir incómodos: tal vez tenemos visiones diferentes sobre el dinero, la educación de los hijos o el espacio personal. Lo más fácil a corto plazo es evitar esas conversaciones incómodas, pero cuando dejamos temas sin resolver, nuestra relación se va a debilitar porque esos temas no desaparecen por el simple hecho de no hablarlos. Volvemos a la pareja que hemos elegido como ejemplo hoy. Diego evitó durante meses decirle a Marta que le incomodaba la manera en la que ella hablaba de sus finanzas delante de los amigos. Diego piensa que es un tema muy privado, pero se callaba y ponía buena cara. Marta no tenía ni idea de que esto le molestaba a él. El malestar de Diego no desapareció por callarse, sino que fue a más. Cuando finalmente no pudo más, lo habló, pero no empleó el mejor tono ni las mejores palabras. Marta se enfadó. Ahora imagínate que Diego afronta la situación antes. No espera a estar tan quemado, tan enfadado. Habría sido capaz de comunicarse mejor y Marta le habría confesado que sabía que, en algunas ocasiones, era demasiado abierta y daba demasiada información, pero no era consciente de que le pudiera molestar. Diez minutos de conversación incómoda habrían resuelto el problema antes de que se hiciera mayor. Es decir, si Diego hubiera mostrado una mayor tolerancia a la incomodidad, habría solucionado el asunto de una mejor manera. El tercer ingrediente es la disposición a seguir evolucionando juntos. Y esto me parece muy interesante. Cualquier estudiante avanzado de español puede confirmar que nunca se termina de aprender un idioma por completo. Siempre hay algo nuevo, puede ser una expresión coloquial o una manera distinta de decir algo según el país o la región. El idioma cambia, y nosotros cambiamos con él. Las personas, igual que los idiomas, no son estáticas, y menos con el paso del tiempo. Cambiamos de prioridades, de intereses e incluso de manera de ver el mundo, sobre todo si pasamos juntos diez, veinte o treinta años. Esa evolución es natural, es parte de la vida y no debería ser un problema. Pero puede serlo, y muy serio, ¿por qué? En algunas relaciones una parte evoluciona y la otra se queda fija en el mismo punto. Volviendo a Marta y Diego. Con el paso del tiempo, no van a sentir las mismas mariposas que el día que se conocieron. Ni ellos ni nadie. Pero sentir mariposas en el estómago no es lo que decide si una relación funciona. El amor es más complejo; lo que hará que mantengan su relación a largo plazo será la capacidad de reparar el daño que causan las discusiones, mantener pequeños hábitos de conexión y seguir sintiendo interés y curiosidad por su pareja. Quiero terminar con una idea que me parece especialmente importante. Mucha gente cree que el amor que dura es el más tranquilo, que no tiene conflicto y que es casi aburrido, pero la investigación de Fisher sugiere otra cosa bastante diferente: el apego profundo y el deseo no tienen por qué desaparecer con el tiempo ni sustituirse el uno al otro. Pueden coexistir. Pero tienes que hacer algo: Debes dedicar atención a cultivar la relación con tu pareja de manera consciente. Es exactamente igual a lo que le pasa a un estudiante de español cuando llega a su meta con el idioma. Si lo abandona y deja de prestarle atención, va a perder parte de lo que le ha costado tanto construir. Así que, estudiante, la próxima vez que sientas que una relación romántica, una amistad o incluso tu propia relación con el español ha perdido esa chispa inicial, recuerda esto: la chispa no es crucial. Lo que garantiza el éxito en la relación es la práctica y el deseo de seguir mejorando. Al final, ni el amor ni un idioma se dominan de golpe. Lo que necesitas es ser constante y mantener la curiosidad, incluso cuando ya no queda nada de la emoción inicial. Y antes de despedirme, te dejo una pregunta para practicar tu expresión escrita: ¿qué haces tú para cuidar una relación importante en tu vida? Puede ser una relación romántica, una amistad o incluso tu relación con el español. Puedes dejar tu respuesta en los comentarios. Si te ha gustado este episodio, suscríbete al pódcast, valóralo en tu plataforma favorita y recomiéndalo a otro estudiante de español. Eso me ayuda muchísimo a seguir creando contenido. Un abrazo grande.
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