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E259 ¿Por qué necesitas a gente que no piensa como tú?

Sep 9
11 min read

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Ejercicio de comprensión:



E259 ¿Por qué necesitas a gente que no piensa como tú?


Estudiante, vas caminando por el campo. Un camino de tierra, árboles, silencio, nada especial. Y de repente, en medio de la nada, te encuentras una valla. Una valla es esa estructura de madera o de metal que sirve para separar dos espacios o para cerrar una propiedad. Pero esta valla no separa nada. No hay animales. No hay una casa. No hay un campo cultivado a un lado y un campo vacío al otro. No hay absolutamente nada. Solo una valla.


Tu primer impulso, probablemente, es quitarla. Es lógico. No sirve para nada, molesta, ocupa espacio y encima es fea.


Pues el escritor británico G. K. Chesterton escribió hace casi cien años que esa es exactamente la reacción equivocada. Su idea era muy simple: si no sabes por qué alguien puso esa valla ahí, no tienes derecho a quitarla. Primero averigua para qué servía. Y cuando lo sepas, entonces sí, quítala si quieres. Pero antes no.


Chesterton era un hombre profundamente conservador.


Hoy quiero hablar de una idea que me incomoda un poco, y precisamente por eso me interesa. La idea es esta: que el progresismo y el conservadurismo no son dos enfermedades de la sociedad, como muchas personas las ven, sino dos funciones necesarias. Que se corrigen el uno al otro. Y que una sociedad en la que solo existe uno de los dos acaba mal, se ponga como se ponga.


Yo soy una persona progresista y no lo escondo. Ya lo sabes si escuchas este pódcast. Creo en la educación pública, creo en los impuestos, creo que nací con una suerte enorme por nacer en un país con estado del bienestar. Pero llevo un tiempo con una sospecha en la cabeza. La sospecha es que un progresismo sin nadie que le lleve la contraria comete errores muy caros. Y que un conservadurismo sin nadie que le empuje se convierte en injusticia congelada, en injusticia que no se mueve nunca.


Y también me pasa otra cosa: he notado que decir esto en voz alta suena mal. Suena a traición para los dos lados. Como si reconocer que el otro tiene una función fuera lo mismo que darle la razón.


Antes de entrar en materia, te recuerdo que en la página web spanishlanguagecoach.com tienes gratis la transcripción de este episodio en español, la traducción al inglés, un ejercicio de comprensión y las flashcards con el vocabulario nuevo. Te recomiendo mucho usarlas, sobre todo hoy, porque hay algunas palabras que quizás no conozcas. Además verás en la web que la semana que viene, el lunes 14 de septiembre, abrimos las inscripciones a mis cursos online de español.


Vamos allá.


Lo primero es poner nombre a las cosas, porque aquí se mezcla todo constantemente y así no se puede pensar.


Ser conservador no es lo mismo que ser reaccionario. Conservar es querer proteger algo que funciona. Ser reaccionario es querer volver a un pasado que ya no existe y que probablemente nunca existió tal y como lo recuerdan. Son dos cosas muy diferentes. Una persona conservadora dice: cuidado con tocar eso, porque no sabes lo que va a pasar después. Una persona reaccionaria dice: había que volver a 1950. La primera actitud puede ser útil. La segunda es muy poco útil y en algunos casos peligrosa. Piensa en tu país en 1950. Si pienso en España hablamos de una dictadura con muy pocas libertades y con un montón de grupos reprimidos.


Y lo mismo pasa al otro lado. Ser progresista o progresar, no es lo mismo que arrasar. Arrasar significa destruirlo todo, dejar el terreno vacío. Se puede querer cambiar una institución sin querer demolerla. De hecho, casi todos los cambios sociales que han funcionado bien han sido cambios que conservaban una parte de lo anterior.


Cuando hablo de progresismo y conservadurismo hoy no estoy hablando de partidos políticos concretos. No estoy hablando del PSOE (el partido de izquierdas mayoritario en España) ni del Partido Popular (el partido de derechas) ni hablo de los demócratas y los republicanos. Estoy hablando de dos impulsos humanos que existen en todas las sociedades y en todas las épocas. El impulso de proteger lo que hay y el impulso de mejorarlo. Los dos existen dentro de cada país, dentro de cada familia y, esto es lo interesante, dentro de cada persona. Dentro de ti también. Y dentro de mí, y te lo voy a demostrar en este episodio.


La idea de que estas dos fuerzas son necesarias no es algo nuevo.


En 1859, el filósofo británico John Stuart Mill escribió un libro que se llama Sobre la libertad. Y ahí dice una cosa que a mí me parece brillante: que un partido político del orden (es decir un partido conservador) y un partido del progreso son los dos elementos necesarios de una vida política sana. Los dos. No uno bueno y otro malo. Y añade que cada uno de ellos existe, en gran parte, gracias a las limitaciones del otro. O sea, que el uno hace falta porque el otro se equivoca.


Casi doscientos años después, el psicólogo social Jonathan Haidt retomó esta idea en su libro La mente de los justos. Haidt estudia por qué las personas se dividen en bandos políticos y llega a una conclusión que a mucha gente le molesta: que la gente progresista y la gente conservadora no ven la misma realidad. Detectan cosas distintas. Tienen radares diferentes.


El radar progresista es muy sensible a la injusticia y a quien queda fuera. Detecta rápido a quien está sufriendo, a quien no tiene voz, a quien el sistema ha dejado atrás. Es un radar buenísimo. Sin ese radar, hoy las mujeres no votarían y yo no estaría casado legalmente con un hombre.


El radar conservador es muy sensible a otra cosa: al coste oculto, el coste escondido, que no se ve del cambio. Detecta lo que se rompe cuando tocas algo. Detecta que las instituciones tardan siglos en construirse y cinco minutos en destruirse.


Y hay un tercer autor que lo explicó muy bien, el economista estadounidense Thomas Sowell. Él dice que en el fondo hay dos formas de ver al ser humano. Una piensa que los problemas humanos tienen solución: si usamos la razón y ponemos suficiente voluntad, se pueden arreglar. La otra piensa que los problemas humanos no se arreglan del todo, que solo se pueden gestionar mejor o peor.


Te lo pongo con un ejemplo. Imagina la pobreza. Hay quien cree que la pobreza se puede eliminar. Y hay quien cree que la pobreza solo se puede reducir, y que quien promete eliminarla acabará haciendo daño por el camino. Ninguna de las dos personas está mintiendo ni es mala persona. Simplemente no piensan lo mismo sobre lo que se puede conseguir. Y esto explica muchísimas discusiones que parecen discusiones sobre datos y en realidad no lo son.


Y aquí llegamos a la famosa ley del péndulo. Ya hemos hablado de esta teoría en otro episodio por cierto.


Un péndulo es ese objeto que cuelga de un punto fijo y se mueve de un lado a otro, como el de los relojes antiguos. La expresión ley del péndulo se usa para describir esta idea: que las sociedades se mueven de un extremo a otro, y que cada movimiento en una dirección genera, tarde o temprano, un movimiento en la dirección contraria.


El historiador estadounidense Arthur Schlesinger hijo desarrolló esta idea de forma muy concreta. Él defendía que la política se mueve en ciclos de aproximadamente treinta años. Etapas en las que la sociedad se moviliza, quiere cambiar cosas, quiere acción colectiva. Y después, etapas de agotamiento, en las que la gente se cansa, se centra en su vida privada y quiere que la dejen en paz. Y luego vuelta a empezar.


En España el péndulo se ve clarísimo. Y muy rápido, porque nuestro siglo veinte fue una locura. La Segunda República intentó modernizar el país a una velocidad enorme y provocó una reacción brutal. Hubo una guerra civil. Después, cuarenta años de dictadura franquista que congelaron el país. Después, la Transición, que fue básicamente un acuerdo entre gente que se odiaba para no matarse otra vez. Después, décadas de alternar entre dos grandes partidos (uno progresista y otro conservador). Y a partir de 2015, con la crisis económica en la que mucha gente sufría, el sistema se rompió en muchos pedazos y el péndulo se volvió a mover con fuerza. Aparecieron nuevos partidos que en lugar de conservar o progresar, tenían un carácter más reaccionario, más de volver atrás, o lo contrario, de querer romper con todo de forma excesiva.


Todo esto en menos de cien años.


Ahora bien, aquí es donde yo tengo un problema con la ley del péndulo.


El problema es este: un péndulo vuelve siempre al mismo sitio. Va, viene, y vuelve exactamente al punto de partida. Y la historia no funciona así. La historia casi nunca vuelve al mismo sitio.


Una de mis personas favoritas en el mundo ahora mismo es la escritora chilena Isabel Allende. La he escuchado hablar de feminismo muchas veces, y ella, que es una mujer de ochenta años ha visto cómo el feminismo ha progresado durante varias épocas de su vida y luego ha dado pasos para atrás en otras. Pero ella dice algo así como: “damos tres pasos para delante, y luego uno para atrás, pero eso también es progreso, hemos ganado dos”.


Piensa en el voto femenino. En España las mujeres votaron por primera vez en 1933. Vino después la dictadura, vino la reacción más dura que te puedas imaginar, se perdieron un montón de derechos. Pero hoy a nadie, absolutamente a nadie, se le ocurre proponer que las mujeres dejen de votar. Ese punto quedó bloqueado.


Piensa en la sanidad pública. Se discute cómo financiarla, se discute cómo gestionarla, se discute todo. Pero ningún partido con opciones reales de gobernar propone eliminarla, porque sabe que perdería.


Y piensa en esto: el 30 de junio de 2005, España aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo. Fuimos el tercer país del mundo en hacerlo. Aquello fue una ruptura radical, y te lo digo yo, que estaba allí. Hubo manifestaciones, hubo obispos en la calle, hubo un recurso al Tribunal Constitucional. Se dijo que aquello destruiría la familia y la sociedad española.


Veinte años después, la sociedad española sigue aquí. Y ningún partido con opciones de gobernar propone eliminar esa ley. Lo que fue revolucionario se convirtió en normal. De hecho, las personas que salían a la calle a manifestarse ahora también van a bodas con personas del mismo sexo o incluso ellos mismos son los protagonistas de esas bodas. 


El trabajo del progresismo, cuando sale bien, consiste en fabricar las tradiciones que la gente conservadora defenderá dentro de treinta años.


Pero también es verdad que estas idas y venidas entre conservadurismo y progresismo a veces fallan y sí hay ocasiones en las que de verdad se vuelve atrás.


Piensa en Afganistán. En 2021, cuando los talibanes volvieron al poder, casi un millón de niñas estaban matriculadas en la escuela secundaria. En 2001 eran muy pocas. O sea, veinte años de niñas yendo a clase, de mujeres estudiando en la universidad, trabajando como médicas, como abogadas, como maestras.


Hoy, según datos de la UNESCO, hay 2,4 millones de niñas afganas fuera de la escuela secundaria, y la cifra crece cada año. Afganistán es el único país del mundo donde la educación más allá de la escuela primaria está prohibida por ley para las mujeres. La universidad se les cerró en diciembre de 2022.


Dos décadas de avance borradas, eliminadas, en pocos años.


Esa es la lección más incómoda de todas. Nada está garantizado para siempre. Y precisamente por eso las dos fuerzas de las que hablamos tienen que seguir existiendo, vigilándose la una a la otra, sin que ninguna gane del todo.


Porque el sistema tiene una condición para funcionar. 


La condición es esta: las dos partes tienen que aceptar las mismas reglas y verse como adversarias, no como enemigas. Un adversario es alguien contra quien compites. Un enemigo es alguien a quien quieres eliminar. Y no es lo mismo.


Cuando el objetivo deja de ser ganar las próximas elecciones y pasa a ser destruir al otro, el péndulo ya no equilibra nada. Lo que hace es simplemente romper. Romper la convivencia.


No me gustaría que este episodio sonara a esa cosa tan cómoda de decir que todos son iguales y que la verdad está siempre en el medio. Yo no pienso eso. Hay ideas mejores y peores en ambos lados del espectro político, hay políticas que funcionan y políticas que hacen daño, y hay movimientos que directamente no aceptan las reglas del juego. Reconocer que existe una función conservadora útil en la sociedad no significa aceptar cualquier cosa que se presente con esa etiqueta. Y viceversa.


Lo que digo es otra cosa. Digo que yo, que soy progresista, necesito a alguien que me pregunte por la valla del campo de la que te hablaba al principio del episodio. Que me obligue a explicar qué va a pasar después del cambio que quiero hacer. Que me haga demostrar que lo que propongo es mejor y no solo más nuevo y moderno.


Y necesito eso porque yo también tengo impulsos conservadores. Y estoy seguro de que si tú te consideras una persona conservadora también tendrás algunas ideas progresistas.


Yo por ejemplo quiero que el Mercado Central de Valencia siga siendo un mercado y no se convierta en una atracción para turistas con puestos de zumos de colores. Quiero que en mi barrio siga habiendo un bar donde el café cuesta un euro y medio y donde el camarero sabe cómo lo tomas. Quiero que las cosas que conocí de pequeño sigan estando ahí. Y esto, es conservadurismo puro y duro.


Porque la nostalgia es una forma de conservadurismo. Y todo el mundo siente nostalgia. Todo el mundo tiene una lista de cosas que no quiere que cambien. La diferencia entre las personas no es tener esa lista o no tenerla. Es más bien qué hay escrito en ella.


Y ahora quiero terminar el episodio conectando todo esto con lo que nos une a ti y a mí, que es un idioma: el español.


Una lengua es una metáfora superbuena para este tema. Una lengua, un idioma, es una tensión permanente entre conservar y cambiar, y ninguna de las dos fuerzas gana nunca del todo.


Si el español solo conservara, hoy estaríamos hablando latín. Y el latín está muerto.. Si el español solo cambiara, sin ningún freno, tú no podrías leer a Cervantes y yo no podría entender a mi abuela. La lengua se rompería en pedazos y en tres generaciones no nos entenderíamos entre nosotros.


Entonces, ¿qué hacemos? Pues tenemos una institución conservadora, la Real Academia Española, que va siempre por detrás, que acepta las palabras nuevas tarde y a regañadientes, o sea, sin ganas, sin entusiasmo. Y tenemos cientos de millones de hablantes que inventan, que importan palabras del inglés, que deforman la gramática y que no piden permiso a nadie.


Cada año, cuando la Academia anuncia las palabras nuevas del diccionario, hay gente indignada por las modernidades y los anglicismos. Y esa misma gente usa cien palabras que a alguien le parecieron una barbaridad hace cien años. El resultado de esa pelea, esa lucha, es que el español está vivo. La pelea es el sistema. La pelea no es el problema.


Me encantaría saber tu opinión sobre esto, y además es un tema perfecto para practicar tu expresión escrita en español. ¿Cómo se vive esta división en tu país? ¿Crees que el péndulo se mueve igual? Déjame un comentario y lo hablamos.


Y si este pódcast te resulta útil, me ayudarías mucho dejando unas estrellas o un comentario en tu aplicación favorita, o mejor todavía, recomendándolo a otra persona que esté aprendiendo español.


Muchas gracias por este rato juntos.


Un abrazo grande.



Fuentes:


  • G. K. Chesterton, la parábola de la valla, en el ensayo "The Drift from Domesticity", recogido en The Thing (1929).

  • John Stuart Mill, Sobre la libertad (1859), capítulo II, sobre el partido del orden y el partido del progreso.

  • Jonathan Haidt, La mente de los justos (The Righteous Mind, 2012).

  • Thomas Sowell, A Conflict of Visions (1987), visión limitada frente a visión ilimitada.

  • Arthur M. Schlesinger Jr., Los ciclos de la historia americana (1986).

  • Ley 13/2005, de 1 de julio, matrimonio entre personas del mismo sexo en España (aprobada en el Congreso el 30 de junio de 2005).

  • Voto femenino en España: elecciones generales de noviembre de 1933.

  • UNESCO (2026): 2,4 millones de niñas afganas fuera de la educación secundaria; casi un millón matriculadas en 2021; prohibición de la universidad desde diciembre de 2022.

  • Georgetown Institute for Women, Peace and Security (junio de 2026): 264 decretos talibanes desde 2021, 166 dirigidos a mujeres y niñas.



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2 Comments


Rebecca
4 days ago

Muchas gracias por este episodio. Ojala más gente pudiera entender esto. El mundo será mejor.

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¡Me encanta este video! Me alimenta en tantas maneras. Ayer oí Gavin Newsom (posible candidato presedencial) dice que quiere hablar con el otro lado para discutir las cosas que tenemos en comun. Creo que este nivel de comunicacion es una sciencia pura y avanzada que Newsom entiende. El usa palabras importantes como "conexiones" y "igualdad" !Espero! !Espero!


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