E258 ¿Por qué España vuelve al pueblo en verano?
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Flashcards de vocabulario: E258 ¿Por qué España vuelve al pueblo en verano?
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E258 ¿Por qué España vuelve al pueblo en verano?
En el pueblo de mi madre hay una pregunta que te hacen antes que ninguna otra. No te preguntan a qué te dedicas. No te preguntan dónde vives, ni qué has estudiado, ni cuánto ganas. Te preguntan otra cosa. Te preguntan: ¿y tú de quién eres?
Es una pregunta preciosa y un poco intimidante, porque la tienes que contestar con tu familia. Te están preguntando por la familia a la que perteneces.
Y para eso, en el pueblo, cada familia tiene un apodo. Un apodo es un nombre informal que le pone la gente a alguien, un nickname. El de mi familia viene de hace unos ochenta años, de algo que dijo el hermano de mi abuela cuando era un niño.
Nadie le preguntó nada, ¿eh? Él lo dijo sin más. Dijo que él había salido del buraco de su madre.
Buraco es una palabra que hoy casi no se usa y que significa agujero, orificio. Y creo que te puedes imaginar de qué agujero de su madre estaba hablando el niño. Exacto.
A los mayores del pueblo les hizo tantísima gracia que empezaron a llamarlos los Buracos. Y con el tiempo, no sé cómo ni por qué, los Buracos se convirtieron en los Burracos, con dos erres. Y así seguimos.
Yo, durante toda mi vida, había pensado que ese apodo venía de la palabra burro. En español, un burro es el animal, pero también es una manera de decir que alguien no es muy inteligente. Así que yo pensaba: bueno, pues en algún momento alguien decidió que mi familia era un poco burra y ya está.
Pues no. No tiene nada que ver. Me he enterado este verano.
Hola, estudiante. Te doy la bienvenida a una nueva temporada de Intermediate Spanish Podcast. Un pódcast de Spanish Language Coach. Espero que hayas tenido un buen verano y hayas desconectado un poquito. Si no me conoces o es la primera vez que me escuchas soy César, profesor de español como lengua extranjera. Y mi objetivo con este pódcast es que aprendas español escuchando temas muy diferentes y con suerte, interesantes.
Yo este verano he estado tres días en el pueblo de mi madre con quince miembros de mi familia, y me llevé una cámara nueva para grabar un vídeo vlog para YouTube. Quería enseñarte lo que significa en España eso de ir al pueblo. Grabé imágenes preciosas. Grabé la comida, los paseos, la casa, a mi familia. Todo perfecto excepto un detalle: no configuré bien el audio, así que no se escucha nada.
Y ya que no puedo hacer aquel vídeo, he decidido hacer esto: contártelo. Porque cuanto más lo pienso, más me parece que ir al pueblo explica cosas de España que no salen en las guías de viaje ni en los libros de español.
Antes de empezar, te recuerdo que en la web spanishlanguagecoach.com tienes recursos gratuitos para este episodio: la transcripción en español, la traducción al inglés, un ejercicio de comprensión y las tarjetas de vocabulario.
Además el lunes 14 de septiembre abro las inscripciones de mis cursos de español online. Tienes toda la información en la web. Y si tienes dudas, escríbeme y te contesto.
Y ahora sí, vamos al pueblo.
Primero, tengo que explicarte qué significa esto, porque sé que es un concepto muy español y a lo mejor no existe en tu país de la misma forma.
En España, muchísimas personas que viven en ciudades grandes tienen un pueblo. No es donde viven. Muchas veces ni siquiera es donde nacieron. Es el pueblo de sus padres, o de sus abuelos, o incluso de sus bisabuelos. Y aun así lo llaman "mi pueblo" y van cada verano.
Esto tiene una explicación histórica bastante concreta. Entre los años cincuenta y los setenta, España se vació por dentro. La gente del campo se fue a las ciudades porque en el campo no había trabajo, no había futuro y muchas veces no había ni escuela. El historiador Julián Casanova explica que solo en la década de los sesenta más de cuatro millones y medio de personas cambiaron de residencia dentro de España. Y las regiones que más se vaciaron fueron Andalucía, Extremadura y las dos Castillas.
Mi familia está justo ahí. La familia de mi madre es de Castilla-La Mancha.
Hoy en España hay un nombre para la consecuencia de este fenómeno: la España vaciada. Más de la mitad de los municipios, de los pueblos españoles, tienen menos de quinientos habitantes.
Mi pueblo, o el pueblo de mi madre, entra en esa estadística. Viven allí unas doscientas o trescientas personas todo el año. En verano se multiplica. Llegamos los visitantes, los hijos y los nietos de la gente que se fue.
Y fíjate en este detalle, que a mí me parece que lo explica todo. En ese pueblo solo hay una casa que se puede alquilar. Nosotros la alquilamos, porque somos quince: tías, tíos, primos, primas…
Mi familia es de allí desde hace generaciones, y ya no tiene casa allí. Bueno, sí y no. La casa de mis abuelos sigue siendo de la familia, de todos los hermanos, pero la casa ya no existe. Nadie la cuidó, se fue deteriorando y al final se cayó. Lo que queda es el terreno. Un espacio vacío que es de todos nosotros y donde no se puede vivir.
Bueno, vamos a ver lo que hacemos los españoles cuando vamos al pueblo en verano, que es en gran parte comer.
Te lo digo en serio. La estructura de esos tres días fue: comer, andar para bajar la comida, y volver a comer. Hicimos todas las comidas más españolas que te puedas imaginar. Hicimos una paella valenciana. Hicimos tortilla de patata. Hicimos una barbacoa. Y mi tía le hizo una tarta de queso casera a mi hermana, porque celebrábamos su cumpleaños y fue una sorpresa, no se lo esperaba.
Pero lo interesante no es la comida. Lo interesante es cómo se organiza en esta dinámica de familia grande.
Cuando mi familia hace una paella, cada uno forma parte del proceso de alguna forma. Mi primo limpió la paella, que es el recipiente, la sartén grande y plana donde se cocina. Mi madre y mi tío la hicieron, porque son quienes tienen ese derecho. Mis primas y mi hermana pelaron la verdura. Cada persona estaba haciendo algo.
Es una coreografía. Y creo que si te fijas bien, ahí se ve la jerarquía completa de una familia española: quién manda, quién ayuda, quién todavía es "el pequeño" aunque tenga cuarenta años.
Y luego, como te digo, celebramos el cumple de mi hermana, y llega el momento de los regalos, que necesita una explicación cultural.
Mi familia es muy performativa. Es decir, exagera, actúa, hace teatro. Cuando alguien abre un regalo en un cumpleaños, no basta con decir "gracias, qué bonito". Hay una especie de espectáculo. La gente grita, aplaude, y en mi familia cantamos cosas del tipo "se lo merece, se lo merece" o frases similares.
Es todo una tontería. Objetivamente son tonterías. Pero es muchísimo más divertido hacerlo así que simplemente entregar un regalo y ya está.
Creo que aquí hay una diferencia cultural real que quiero señalar, porque he vivido más de diez años en Reino Unido y lo he visto desde los dos lados. Hay culturas donde el afecto se demuestra bajando la voz, siendo discreto, sin molestar. Y hay culturas donde el afecto se demuestra haciendo ruido. España, o al menos mi familia, está claramente en el segundo grupo.
Y digo "mi familia" con cuidado, porque no todas las familias españolas son así, y yo tengo la prueba en casa. La familia de mi madre, de Castilla-La Mancha, es escandalosa, ruidosa, enérgica, muy alegre. La familia de mi padre, de Castilla y León, es completamente diferente. Más tranquila, más reservada.
Vamos ahora con el ocio en el pueblo, o mejor dicho, con la falta de ocio.
En el pueblo no hay mucho que hacer, y esto es literal. No hay cine. No hay centro comercial. No hay planes de ciudad. Así que se anda mucho. Paseo por la mañana, temprano, al fresco. Paseo por la tarde, cuando baja el sol. Y paseo por la noche, para ver las estrellas, que allí se ven de verdad porque no hay muchas luces.
Allí el día no lo organiza el reloj. Lo organiza el sol.
Y luego, los juegos de mesa. Aquí viene mi parte favorita de este verano.
En la casa rural donde nos quedamos solo había dos juegos de mesa: un ajedrez (que es un juego donde solo dos personas pueden jugar) y un juego de preguntas y respuestas, tipo Trivial. Empezamos a jugar y enseguida notamos algo raro en las preguntas. Y es que el juego era antiguo. Las preguntas llegaban hasta el año mil novecientos noventa y siete.
O sea que estábamos jugando con un juego donde el mundo se paró en 1997. Y eso me pareció bastante metafórico, porque volver al pueblo también se siente un poco así: es volver al pasado y tener una rutina que no cambia con los años.
Y pasó algo muy gracioso con el juego de mesa: los mayores teníamos ventaja, claro. Porque el juego preguntaba por cosas de los años ochenta y noventa, y los primos más jóvenes de la familia no habían vivido nada de eso. Por una vez, tener años era una ventaja competitiva.
Ah, otra cosa que descubrí: mi familia es muy competitiva. Nos reímos muchísimo, pero también hicimos trampas. Engañamos un poquito. No voy a dar nombres, pero…
Y ahora la imagen que más me gusta de todo el fin de semana. Cuando nos sentábamos todos, para jugar, para charlar o para comer, dejábamos los teléfonos en una mesa aparte.
Yo no consigo eso en Valencia. Ni yo ni casi nadie. Pero allí pasaba de forma natural.
Y hay algo más que me parece muy importante: ir al pueblo donde todas las generaciones anteriores a la nuestra vivieron nos ayuda a entender un poco más nuestros orígenes, el origen de mi familia.
Yo no conocí a mis abuelos maternos. Ni a mi abuelo ni a mi abuela. Murieron relativamente jóvenes, así que ni mis primos ni yo tenemos ningún recuerdo directo de ellos. No sé cómo era su voz. No sé cómo se reían. Solo tenemos pocas fotos de ellos y ningún vídeo.
Pero en el pueblo todavía vive gente de su edad. Gente que fue amiga suya, que trabajó con ellos, que los conoció. Y cada vez que vamos, alguien nos para y nos cuenta algo. Y con cada historia, mis abuelos se dibujan un poco mejor.
Este verano nos contaron dos, y las dos son de mi abuela.
La primera pasó en un hospital de la ciudad. Mi abuela estaba embarazada y coincidió allí con otra mujer del pueblo, también embarazada. Mi abuela estaba tumbada en una cama y no podía verle la cara. Solo le veía las manos. Y la reconoció. Por las manos.
Y aquí está el detalle que me impresiona: esa mujer no tenía unas manos especiales. No tenía ninguna característica llamativa. Eran unas manos normales.
O sea que yo imagino que mi abuela era una persona que se fijaba en las cosas pequeñas. Que era detallista. Que miraba las manos de la gente del pueblo lo suficiente como para reconocerlas después sin ver una cara.
Las dos dieron a luz, es decir, tuvieron a su bebé en el hospital. Y después volvieron juntas al pueblo en un taxi. Y en ese taxi, la otra mujer le preguntó a mi abuela cómo iba a llamar a su hijo. Mi abuela dijo: Julio. Y la mujer preguntó: ¿y por qué Julio? Y mi abuela contestó: porque ha nacido en julio.
Y que claro, yo creo que mi abuela ya no tenía muchas ideas de nombres. Era su séptimo hijo. Mi abuela tuvo nueve.
Yo creo que llega un momento, con tantos hijos, en que uno se queda sin creatividad para los nombres.
La segunda historia es la que todavía me da vueltas en la cabeza. Mi abuela no sabía leer ni escribir, era analfabeta. Esto era muy común en la España rural de esa época, sobre todo entre las mujeres de familias trabajadoras. Así que había una vecina, más joven que ella, a la que mi abuela le dictaba las cartas que quería enviarle a mi abuelo, entonces su novio. Ella hablaba y la otra escribía.
Y un día, al terminar una carta, mi abuela le dijo que pusiera al final cuatro letras: X, O, X, O.
La vecina no lo entendió y le preguntó qué significaba eso. Y mi abuela le contestó: besos y abrazos.
Yo, cuando escuché esto, me quedé completamente alucinado. Porque XOXO me parece algo modernísimo y anglosajón, y estamos hablando de una mujer del campo de Castilla-La Mancha hace casi setenta años, que además no sabía escribir.
No tengo ni idea de cómo llegó eso hasta ella. A lo mejor lo escuchó en la radio. A lo mejor lo vio en algún sitio. O a lo mejor esta señora, después de tantos años, mezcló los recuerdos y la historia no es exactamente así.
Puede ser. Pero a mí me gusta pensar que es verdad. Que una mujer que no podía escribir su propio nombre tenía muy claro cómo quería despedirse de su novio en una carta.
Y es que hay una razón mayor por la que me gusta escuchar estas cosas de mi abuela.
Cuando yo le pregunto a mi madre cómo era su madre, mi madre no me cuenta historias así. Mi madre la recuerda cansada. Siempre criando, siempre con un niño encima, dando el pecho, siempre agotada. ¿Puedes imaginarte lo que es tener que parir, criar y cuidar de nueve personitas?
Mi madre me da el recuerdo de una hija, que es honesto y es cansado. Las vecinas del pueblo me dan otra cosa: la chica joven a la que conocieron, la amiga.
Nadie tiene a su abuela completa. Yo la voy juntando a trozos, como en un puzzle. Y los trozos están repartidos en la memoria de gente muy mayor que se está muriendo.
Por eso ahora pregunto más. Antes escuchaba estas historias de forma pasiva, como quien escucha una anécdota. Ahora me intereso, pregunto detalles, quiero saber más. Porque dentro de diez o quince años probablemente no quede nadie que la recuerde de esa forma.
Por todas estas cosas que te estoy contando, estudiante, el pueblo tira. Cuando algo te tira, significa que te atrae, que te llama, que quieres volver.
Y lo interesante es que tira incluso a quien no ha vivido nunca allí. Yo lo veo en la generación de mi hermana, la generación Z. Si miras sus perfiles de Instagram, mucha gente joven pone su ciudad, por ejemplo Barcelona, y luego pone un guion ,una raya, y el nombre de un pueblo. Un pueblo diminuto que a lo mejor es el de su abuela o el de su bisabuelo.
Y a mí esto me resulta curioso, porque es la misma necesidad de ser de algún sitio que hemos tenido siempre.
Yo esa necesidad la descubrí lejos. La descubrí en Londres.
Cuando vives fuera de tu país, te pasa una cosa interesante: te vuelves mucho más consciente de dónde vienes. Cosas que en España te parecían normales, o incluso cosas que criticabas, de repente las echas de menos o las defiendes. Es un fenómeno muy común entre las personas emigrantes.
Y ahora que he vuelto a vivir en mi país, me pasa algo distinto: me siento un poco observador. Observo a mi propia familia. Observo la política de mi propio país. Estoy dentro, pero con una parte de mí un poco fuera, mirando. Y no me molesta. Me gusta bastante mirar así de hecho.
Y quiero terminar el episodio de hoy con algo que escribí allí, en el pueblo relacionado con la identidad, los orígenes y demás...
Estaba mirando los árboles del pueblo, de mi pueblo. Y me fijé en que muchos estaban torcidos, imperfectos, algunos un poco feos. Y aun así me parecían todos bonitos. Y escribí esto:
Por supuesto que me siento orgulloso de dónde vengo. El orgullo no necesita un símbolo. Orgullo es querer conocer más, ser curioso. Orgullo es observar, apreciar, agradecer a los que estuvieron antes, los que pusieron los cimientos para construir lo que tenemos, los que vinieron después a poner las paredes y los tejados, y también a los que volvieron a construir cuando todo eran escombros, ruinas. Europa, España, mi pueblo, mi familia, mi madre. Las raíces del árbol que me han nutrido y me han dado sombra y fruto. No es necesario comparar árboles. Todos son imperfectos y están torcidos. Todos se secan en otoño y florecen más tarde.
Lo escribí pensando en los diferentes niveles de nuestro origen, desde el más amplio: nuestra civilización, cultura, país, hasta el más pequeño: pueblo, familia, padres…
Porque para mí el orgullo es eso: reconocer lo que te ha dado sombra y lo que te ha dado fruto, agradecerle y no pensar que tu árbol es mejor que otros.
Y nada, simplemente quería compartirlo contigo.
Y además, me parece que aprender un idioma tiene algo de esto. Cuando aprendes español no estás aprendiendo solo un sistema de verbos o vocabulario. Estás entrando en el origen de una cultura, de los países hispanohablantes, en definitiva, en la casa de otra gente.
Estás aprendiendo por qué una familia canta al abrir un regalo en un cumpleaños, por qué media España vuelve cada agosto a un sitio donde ya casi no vive nadie, y por qué a una señora le importaba tanto poner cuatro letras al final de una carta que no podía escribir.
Y eso no sale en los libros de gramática.
Y ahora me gustaría preguntarte a ti, estudiante: ¿existe esto en tu país? ¿Tienes un sitio al que vuelve tu familia aunque ya no viva nadie allí? ¿O te parece rarísimo todo lo que te he contado hoy? Déjame un comentario donde estés viendo o escuchando este episodio, y escríbelo en español, que es una forma muy buena de practicar.
Y si el podcast te está ayudando, te agradezco muchísimo que dejes una valoración o unas estrellas en tu aplicación de podcasts, o que se lo recomiendes a alguien que esté estudiando español.
Gracias por escucharme, estudiante. Te espero en el próximo episodio.
Un abrazo grande.
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Cesar,
Me gusto mucho su ultima podcast. Gracias por compartirlo. Ahora me siento que conozco su familia entera. No puedo decir que hay un situacion similar en los estados Unidos. A lo mejor es por que nuestra pais es un pais de immigrantes recentimeintes. Por ejemplo mi padre nacio en Irlanda y la abuela de mi madre nacio en Poland. No es comun a viajar tan lejos para visitar los pueblos de sus familias. Pero quisas debemos por que hay muchas podemos aprender. Soy un medico de obstetra y estoy trattando finalmente a ser fluidez en espanol. Yo tengo ganaste escuchar su nueva podcast de sanidad cuando esta disponible.
Muchas gracias
John
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