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E261 La intolerancia a la incertidumbre: cuando necesitas saberlo todo

22 hours ago
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Ejercicio de comprensión:



E261 La intolerancia a la incertidumbre: cuando necesitas saberlo todo


Mandas un mensaje por WhatsApp a una amiga. Nada importante, o eso crees. Le propones quedar con ella el sábado, para veros y poneros al día, o simplemente le cuentas algo que te ha pasado.


A los dos minutos aparecen los dos checks azules que confirman que ha leído tu mensaje.

Y entonces, arriba, en el chat, aparece la palabra: "escribiendo…".

Esperas a que termine de escribir su mensaje.

Pero el “escribiendo…” desaparece.

Vuelve a aparecer.

Desaparece otra vez.

Y no llega nada.


Pasa una hora. Pasan tres. Y tu cabeza empieza a trabajar. Empiezas a calentarte la cabeza. Piensas:

"Se ha molestado por algo."

"Seguro que no le apetece verme."

"Algo he dicho mal."


Creo que sabes perfectamente de qué sensación hablo, estudiante. Tu cerebro está construyendo una historia mientras espera la respuesta real. Y lo más probable es que tu amiga simplemente esté haciendo la cena, con el móvil en una mano y la sartén con una tortilla española en la otra.


Hoy vamos a hablar de esa sensación tan incómoda y tan humana que vivimos cuando esperamos una respuesta. Puede ser un mensaje, el resultado de un examen, una llamada después de una entrevista de trabajo o los resultados de una prueba médica. Vamos a hablar de la incertidumbre, la incerteza. Creo que entender cómo funciona nos ayuda a sufrir un poco menos cuando la vida no nos da respuestas inmediatas. Y lo digo como alguien que no lleva nada bien esto de esperar.


Pero antes, estudiante, te doy la bienvenida a otro episodio del Intermediate Spanish Podcast, el podcast de Spanish Language Coach. Soy César, profe de español. Te recuerdo que en spanishlanguagecoach.com tienes la transcripción gratuita de este episodio, la traducción al inglés, un ejercicio de comprensión y flashcards para practicar el vocabulario.


Ahora sí, empezamos.


En nuestro día a día esperamos todo el tiempo. Esperamos en la cola del supermercado, esperamos a que llegue el metro o a que hierva el agua para hacer meter los espaguetis en la olla. Y a veces esperamos a que el ordenador o computadora se actualice, normalmente justo cuando más prisa tenemos para enviar ese email.

Son esperas pequeñas, cotidianas, es decir, de todos los días. Pero te pregunto una cosa: ¿cuándo fue la última vez que esperaste algo de verdad? Me refiero a esperar sin poder hacer nada para saber más. Sin mirar el móvil, sin buscar en Google, sin preguntarle a nadie. Durante días, o semanas, o meses.


Yo, sinceramente, no lo recuerdo. Y eso es algo excepcional, porque durante la mayor parte de la historia humana esperar así ha sido lo normal.


Ninguna generación ha vivido libre de incertidumbre. Muchas generaciones han vivido guerras, epidemias, crisis económicas, migraciones, dictaduras o catástrofes naturales. Cambios enormes que nadie podía controlar. Nosotros también tenemos nuestros propios problemas, claro. No vivimos en un mundo fácil. Pero sí que es verdad que nuestra manera de reaccionar ante la espera ha cambiado muchísimo.


¿Por qué? Te lo explico con una historia de mi familia.


Una parte de mi familia paterna emigró a Argentina en los años cincuenta. Piensa en lo que significaba eso en aquella época. Una persona se iba de España, cruzaba el océano en un barco durante semanas y empezaba una vida nueva en otro país. Y si la familia que se quedaba aquí quería saber cómo estaba, no podía llamar por teléfono fácilmente. No podía mandar un WhatsApp, ni mucho menos hacer una videollamada. Tampoco podía ver en Instagram una foto de esa persona con su nueva vida en su nuevo país.


¿Qué hacían entonces? Esperaban una carta, o una postal. Y una carta desde Argentina podía tardar semanas en llegar. Mientras tanto, no sabían nada. Solo podían confiar en que todo estuviera bien.


Hoy esa situación nos parece casi imposible. Pero para millones de personas era lo normal hasta hace muy poco. Vivir en una o muchas incertidumbres al mismo tiempo.

Y es interesante ver cómo el tiempo de espera se ha ido reduciendo. Cada vez esperamos menos. Primero, las cartas: que suponían semanas de espera. Después llegó el teléfono fijo. Ya podías hablar en tiempo real, sí, pero solo si la otra persona estaba en casa. Luego llegó el móvil. Después, el email. Después, WhatsApp, con su doble check azul. Y ahora tenemos la inteligencia artificial, que responde en segundos a preguntas muy complejas cuando sentimos incertidumbre sobre algo.


Cada tecnología ha reducido el tiempo de espera. Y creo que, con eso, también se ha reducido nuestra capacidad para esperar.


Por cierto, esto del doble check azul lo han estudiado. No es ninguna tontería. Tres investigadores japoneses, hicieron un cuestionario a más de doscientas estudiantes universitarias de Japón. Querían saber cuánto tiempo pasaba hasta que empezaban a sentir emociones negativas mientras esperaban una respuesta: tristeza, ansiedad, enfado. Y descubrieron algo que seguramente ya sospechas. Las emociones negativas aparecían mucho antes cuando el mensaje estaba marcado como leído. O sea, no es lo mismo esperar a alguien que no ha visto tu mensaje que esperar a alguien que lo ha visto y no contesta. En el segundo caso, tu cerebro ya tiene material para construir una historia.


Y es que nos hemos acostumbrado tanto a las respuestas inmediatas que, cuando una respuesta tarda, a veces lo vivimos casi como una ofensa. Hace unos años, un amigo se enfadó mucho conmigo porque tardaba en responder sus mensajes de WhatsApp. Y es verdad que en aquella época yo estaba muy ocupado y descuidé un poco a mis amigos, es decir, no les di la atención que merecían. No tenía tiempo para todo. A veces me ponía al día el domingo, que era el día más tranquilo, y aprovechaba para contestar mensajes o para llamar. Pero me dio pena que, en lugar de preguntarme si estaba bien, me echara en cara que tardaba en responder. Echar en cara es reprochar, decirle a alguien lo que ha hecho mal. Y a veces, cuando alguien tarda en contestar, hay un motivo detrás. Y no siempre tiene que ver con nosotros.


Hay algo muy interesante en todo esto. En teoría, con acceso instantáneo a casi cualquier información, deberíamos sentirnos más tranquilos, más relajados. Pero parece que pasa todo lo contrario. Fíjate, estudiante cómo es nuestra mente: cuanto más fácil es conseguir respuestas, menos toleramos no tenerlas.


En psicología hay un término para esto: la intolerancia a la incertidumbre. Ya sabes que la incertidumbre es no saber qué va a pasar, la falta de certeza. Y la intolerancia es la dificultad para aceptar algo. Así que la intolerancia a la incertidumbre es la dificultad para aceptar situaciones en las que no tenemos una respuesta clara.


Este concepto lo empezó a estudiar a principios de los años noventa un grupo de psicólogos de la Universidad Laval, en Quebec. Querían entender por qué algunas personas se preocupan muchísimo más que otras. Y encontraron que la intolerancia a la incertidumbre era una pieza clave de la preocupación constante y de la ansiedad.

Otro psicólogo canadiense, Nicholas Carleton, fue todavía más lejos. En 2016 publicó un artículo con un título que parece de película: "Miedo a lo desconocido: ¿un miedo que los gobierna a todos?". Su idea es que el miedo a no saber algo podría estar detrás de muchos otros miedos.


Lo importante es esto: las personas con mucha intolerancia a la incertidumbre viven las situaciones ambiguas como amenazas. No como incomodidades. Como amenazas.

Te explico la diferencia. Es normal que esperar los resultados de un examen importante sea incómodo. A nadie le gusta. Pero para algunas personas esa incomodidad es tan intensa que la sienten como un peligro real.


Y cuando el cerebro percibe un peligro, intenta protegernos. Busca información, hace planes, imagina escenarios posibles. En algunas situaciones esto es muy útil. Si estás en un bosque y escuchas un ruido extraño detrás de ti, tiene sentido que tu cerebro se active. Igual es un animal peligroso, como un oso, y tienes que echar a correr.


Pero cuando esperas un WhatsApp, normalmente no hay ningún oso detrás de ti.

El problema es que, cuando te falta información, tu cerebro intenta completar la historia. Es como cuando estás en el cine y tienes que salir un momento al baño. Cuando vuelves, tu mente intenta adivinar qué ha pasado mientras no estabas. La diferencia es que, en la vida real, la historia que nos inventamos casi nunca es neutra. Suele ser negativa. Incluso catastrófica a veces.


La incertidumbre no nos gusta nada. Ni a nosotros ni a nuestro cerebro. Y para escapar de ella usamos, sobre todo, tres estrategias. Tres estrategias que, spoiler, no funcionan especialmente bien.


La primera es la explicación prematura. Prematura significa antes de tiempo, demasiado pronto. La explicación prematura consiste en inventar una historia para calmarnos, aunque no tengamos suficiente información. Y normalmente elegimos la peor historia posible. Esto reduce la incertidumbre en ese momento, sí, pero no tiene ninguna base real.

Es exactamente lo que pasa con el mensaje leído y sin respuesta. Tu cerebro podría pensar:


"Igual está en la ducha."

"A lo mejor está conduciendo."

"Quizá está ocupada."

"Quizá responda cuando llegue a casa."

"Puede que no haya tenido tiempo de pensar la respuesta."

Pero no. Muchas veces el cerebro elige otra versión, la negativa:

"Está enfadada conmigo."

"No le importo."

"He metido la pata", o sea, me he equivocado.


Por cierto, fíjate en las estructuras que hemos usado para hablar de posibilidades.

Con "igual" y "a lo mejor" usamos el indicativo: igual está en la ducha, a lo mejor está conduciendo. Son muy coloquiales y las vas a escuchar constantemente.


Con "quizá" puedes usar el indicativo o el subjuntivo: quizá está ocupada, quizá responda cuando llegue a casa. Con el subjuntivo, la posibilidad suena un poco menos segura.

Y con "puede que" siempre usamos el subjuntivo: puede que no haya tenido tiempo de pensar la respuesta.


Vale, después de esta pequeña nota gramatical, volvemos con las estrategias que usa nuestro cerebro.


La segunda estrategia es buscar la opinión de otra persona. En lugar de quedarnos un rato con lo que sentimos, buscamos enseguida a alguien que nos dé seguridad. Le mandas una captura de pantalla a otro amigo y le preguntas: "¿Tú qué crees? ¿Está enfadada?"

Ojo, no digo que hablar con otras personas sea malo. Al contrario. Hablar ayuda muchísimo y compartir lo que sentimos es importante. El problema aparece cuando no buscamos una conversación, sino una garantía. Alguien que nos dé la seguridad que no tenemos. Pero si tú no sabes lo que pasa, es muy probable que la otra persona tampoco lo sepa. Y si no nos da la respuesta que queremos, buscamos a otra persona. O le preguntamos a la inteligencia artificial. Lo que sea, con tal de no quedarnos a solas con la incomodidad.

Y cada vez que buscamos esa tranquilidad fuera, nuestra capacidad para tolerar la incertidumbre se hace un poco más pequeña.


La tercera estrategia es la distracción. Mirar el móvil, buscar información sobre el tema hasta el infinito, revisar las redes sociales o poner una serie para llenar el vacío. Varios estudios relacionan la intolerancia a la incertidumbre con el uso problemático del móvil. Por ejemplo, en 2025 publicaron un estudio con estudiantes de universidad de Estados Unidos. Encontraron que las personas que toleran peor la incertidumbre tienden a tener una relación más problemática con el smartphone. Estos estudios muestran una relación, no necesariamente una causa. Pero tiene bastante sentido: el móvil es la forma más rápida de no sentir lo que sientes. Nos anestesia.


Y fíjate, estudiante. Estas tres estrategias tienen algo en común. Nos dan alivio a corto plazo, nos dan confort, pero a largo plazo nos hacen menos capaces de esperar.

A ver, somos humanos. Es normal buscar alivio. Y en esa búsqueda aparece la preocupación. Y es que cuando te preocupas por algo, tienes la sensación de que estás haciendo algo, de que tienes más control. La preocupación nos da control y por eso es tan adictiva. Pero la mayoría de las veces preocuparte no te da más información ni cambia la situación. Solo ocupa espacio en tu cabeza. Te estás calentando la cabeza en vano.

Es como mirar el horno cada diez segundos para ver si sube el bizcocho, una tarta sencilla de toda la vida. No va a subir más rápido porque tú lo mires. Y si abres el horno demasiadas veces, igual lo echas a perder.


Hay un poeta inglés que me parece muy interesante para hablar de esto: John Keats. En diciembre de 1817, Keats escribió una carta a sus hermanos, George y Tom. En esa carta aparece una expresión que se ha hecho famosa: negative capability. En español, capacidad negativa.


Dicho así no se entiende mucho, así que te lo explico. Keats pensaba que las personas más brillantes tenían una habilidad especial. No era su inteligencia ni su creatividad. Era la capacidad de estar en medio de la incertidumbre, del misterio y de la duda sin buscar con impaciencia hechos y razones. Es decir, sin la urgencia de encontrar una explicación inmediata. Por eso la llamaba "negativa". No porque sea algo malo, sino porque es la capacidad de estar sin algo: sin certezas.


Esa búsqueda impaciente de hechos y razones es exactamente lo que hacemos con nuestras tres estrategias.


Según Keats, Shakespeare tenía esta cualidad. Podía crear personajes ambiguos, llenos de contradicciones, sin necesidad de explicarlo todo.


Puede sonar muy poético. Pero hoy muchos psicólogos piensan algo similar: que la madurez emocional tiene mucho que ver con seguir funcionando sin tener todas las respuestas.


Piensa en tus abuelos, o en tus bisabuelos. Tenían mucha menos información que nosotros y, aun así, tomaban decisiones enormes: emigrar, casarse, abrir un negocio, criar a sus hijos en tiempos muy difíciles. No digo que lo pasaran mejor. Seguramente sufrían mucho. Pero no tenían otra opción. La incertidumbre formaba parte de la vida y había que convivir con ella.


Entonces, ¿qué podemos hacer para parecernos un poco más a lo que describía Keats?

La buena noticia es que la tolerancia a la incertidumbre no es algo fijo. Es una habilidad. Y como cualquier habilidad, se puede entrenar.


En un artículo de El País que leí hace poco, la psicóloga María Bernardo proponía algo muy práctico.


Lo primero es identificar lo que sientes antes de actuar. Normalmente, cuando aparece esa incomodidad, vamos directamente a la acción: buscamos información o llamamos a alguien. Ella propone hacer una pausa antes y ponerle nombre a lo que sientes. Decirte: "Vale, esto es incertidumbre. Es una sensación muy normal".


Lo segundo es diferenciar lo que depende de ti y lo que no. Te preguntas: con la información que tengo, ¿puedo hacer algo? Si puedes, hazlo. Si no puedes, y esto pasa muchísimo, aceptas que eso también es parte de la situación.

Y lo tercero es retrasar la búsqueda de respuestas, pero sin prohibirla. Dejar un pequeño espacio entre el impulso y la acción. Dos minutos. Cinco. Así vas entrenando, poco a poco, esa capacidad negativa de la que hablaba el poeta.


Y aquí llegamos a algo que te interesa especialmente para ti como estudiante de español.

Creo que hay pocas actividades que entrenen la tolerancia a la incertidumbre tanto como aprender un idioma. Cuando aprendes español, vives constantemente sin saber muchas cosas. No sabes si has entendido bien lo que te han dicho. No sabes si has usado la palabra correcta, si la has pronunciado bien, si la otra persona se está riendo contigo o de ti. (Casi siempre es la primera, por cierto). Y aun así, a pesar de todas estas cosas que no sabes, continúas.


Como profe desde hace muchos años, he visto que los estudiantes que más avanzan no siempre son los que más estudian ni los que mejor pronuncian. Muchas veces son las personas que toleran mejor no entenderlo todo. Las que aceptan que en cada conversación van a aparecer palabras que no conocen, y que van a cometer errores, y aun así siguen hablando. Sin necesitar una explicación para cada palabra.


Bueno, estudiante, ¿y tú cómo llevas la incertidumbre? ¿Eres de las personas que buscan respuestas y certezas cada dos minutos, o tienes algún truco para esperar mejor? Cuéntamelo en los comentarios. Ya sabes que es una forma muy buena de practicar tu español escrito.


Si este episodio te ha parecido interesante, te pido un pequeño favor. Deja una valoración en tu plataforma favorita, en español si puedes. Y si conoces a alguien que esté aprendiendo español, recomiéndale el podcast.


Nos escuchamos en el próximo episodio. Un abrazo grande.


FUENTES:


Freeston, M. H., Rhéaume, J., Letarte, H., Dugas, M. J., y Ladouceur, R. (1994). "Why do people worry?". Personality and Individual Differences, 17(6).

Buhr, K., y Dugas, M. J. (2009). "The role of fear of anxiety and intolerance of uncertainty in worry: An experimental manipulation". Behaviour Research and Therapy.

Carleton, R. N. (2016). "Fear of the unknown: One fear to rule them all?". Journal of Anxiety Disorders.

Kato, S., Ozawa, Y., y Kato, Y. (2018). "Time Before Negative Emotions Occur While Waiting for a Reply in Text Messaging with Read Receipt Functionality". ACHI 2018, IARIA. Cuestionario a 213 estudiantes universitarias de Japón.

Alavinikoo, S., Hutcheson, E. F., y Elhai, J. D. (2025). "Intolerance of Uncertainty Mediates the Relationship Between Social Anxiety and Problematic Smartphone Use Severity in College Students". Journal of Personalized Medicine, 15, 599.

Liu, C. et al. (2022). "Understanding the Association Between Intolerance of Uncertainty and Problematic Smartphone Use: A Network Analysis". Frontiers in Psychiatry.

Villalba, J. (2026). "¿Intolerancia a la incertidumbre? Claves para identificar y aprender a convivir con el miedo a no saber". El País. Recoge los consejos de la psicóloga María Bernardo.

Keats, J. (1817). Carta a George y Tom Keats, diciembre de 1817 ("Negative Capability").



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